Capítulo cuatro.
En
el andén.
Fuego
en las venas…
Con
los ojos clavados en ese punto que se la aleja. La figura del hombre que hoy
conocí y traté en persona se va desapareciendo en el horizonte. Solo me queda
observar la nube de vapor en la lejanía hasta que se fundan con las nubes del
rojizo atardecer.
Una
multitud de sentimientos encontrados convergen en mi pecho.
¿Por
qué me siento así? Me pregunto.
Debí
pensarlo mejor antes de asomarme a ese mundo de ese agradable caballero. Algunas amigas me habían recomendado cuando le
conté mis deseo de conocerlo que ni se me ocurriera acercarme a él.
¿Es que no había leído y escuchado lo que
dicen de ese hombre?
Sin
embargo, soy como como toda mujer, rebelde, que mientras más le digan que no
haga algo más uno lo hace.
Me
confieso a mí misma que al asomarme a ese mundo, sentía que más quería
adentrarme a él, que, mientras más hablaba, más quería seguir hablando con el…
No
era tan malo como lo pintaban los demás, tal vez simplemente era diferente a la
mayoría de los hombres con que yo había tratado.
Al
principio reconozco que me cayó mal, pero luego me empezó agradar algo, quizás
demasiado…
Reí
a mis adentros.
No sé porque hice que me siguiera, o tal vez, si lo sé…
Quede
prendada de su forma de hablar y pensar y de esos ojos color ámbar que parecían
oscurecerse y aclararse en cada emoción que sacaba a flote cuando estaba
hablando conmigo.
Espero
que no se haya dado cuenta de mi nerviosismo o deseos de conversar con él. Uno
como mujer jamás debe demostrarle a un hombre
a la primera nuestro interés…
¿Porque
permití que me abrazara por tanto rato?
Confieso
que me sentí protegida, me sentí apreciada, amada de forma muy tierna y
cariñosa sin ningún rastro de malicia de su parte.
Qué
pensaría mi madre al saber esto…
Parezco
una adolecente, ja ja ja ja ja me vuelvo a reír en silencio.
Sin
darme cuenta estaba caminando en medio del terminal del tren dirigiéndome a la
salida.
El
terminal que me vio partir hacia algún tiempo, no había cambiado en nada, sus
mismas sillas de espera con su color rojo escarlata, sus grandes escaleras, sus
esculturas imponentes en las entradas y salidas, los mismos llamados de partida
y llegada por los megáfonos, las colas interminables para poder hablar por
teléfono…
Pareciera
que se hubiese parado el tiempo desde el día que tuve que partir…
Sigo
caminado por el terminal y al llegar a la salida me encuentro a mi hermano
mayor que venía recibirme, lo abrace con
mucha alegría. Pregunte por mis padres y me dijo que me estaban
esperando con ansia en la casa.
Me
pregunto cómo me iba en la ciudad y le
mencione que muy bien. Aun me costaba adaptarme al ritmo acelerado de las
grandes ciudades…
Luego
la pegunta de siempre: ¿Algún enamorado o pretendiente del que debamos saber?
Le
dije de forma juguetona: ¿Ya vamos a empezar?
¿Eso
es un sí? Respondió mi hermano.
Le
indique que tenía varios pretendientes y amigos pero ninguna relación formal.
Aunque
había conocido a alguien que…
En
ese momento llego el taxi y nos montamos.
Nos
quedamos en silencio un rato y volvieron a mi mente los fabulosos momentos que
pase en el tren con tan agradable hombre que en mis más profundas entrañas
deseaba volver a ver.
Recordé
todo lo que hablamos, sus ademanes, sus gestos su nerviosismo al hablar conmigo
y como lo reflejaba en agarrarse las manos y apretarlas continuamente, recordé
palmo a palmo su forma de vestir de buen gusto y formal, ese perfume discreto
que usaba que aun sentía en mi cara que dejo cuando me abrazo…
Mi
hermano noto mi mirada perdida y dijo: Hum…
¡Ese
conocido del que me ibas a contar como que te impresiono! y soltó la risa…
Yo
disimule y le indique que estaba pensando otra cosa.
Pero
si mi hermano hubiese tenido la capacidad de leer mi mente se daría cuenta de
que esos ojos color ámbar que conocí en ese tren, tenían el poder de desarmarme
y que cuando me miraban fijamente me hacían sentir como si tuviese fuego en las
venas…
Y
que solo la presencia de él podía apaciguar…
Muy buena historia, exitos!!
ResponderEliminarExcelente, felicitaciones
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