En
el tren.
Capitulo
XV
El
retorno
…luego
de diversos asuntos menores; el resto del día transcurrió de forma lenta sin ningún
suceso digno de mención.
El día
fue realmente tedioso.
Me imagino que el ansia de ver a mi bella ojos
esmeralda hacia que el reloj, o así lo creía yo, no se moviera y el tiempo estuviese
avanzando de manera muy lenta.
A
cada momento sacaba el reloj de mi abrigo o me asomaba al balcón a tratar de
observar el viejo reloj de la plaza que estaba ubicado en la torre más alta de
la iglesia. O aguzaba mi oído para escuchar las campanadas…
A las
3:30 de la tarde, me dirigí al vestíbulo
a la espera del taxi. Por fortuna estaba esperándome en la entrada.
El trayecto
fue para mí fortuna rápido y corto. Al bajar ya estaba mi editor esperándome con
los pasajes en mano.
El terminal
estaba un poco desierto ya que este día de la semana no hay mucha afluencia de
pasajeros.
Muchos
personajes famosos y adinerados como políticos, actores o empresarios preferían
viajar este tipo de día, ya que según el pensar de ellos no se expondrían a
periodistas o cualquier persona que quisiese molestarlos.
Esto
generaba otro tipo de riesgo. Ya que recientemente se supo de trenes que habían
sido atacados por bandoleros que acechaban a este tipo de victimas adineradas.
Y que
colocaban obstáculos en las vías para frenar el tren o los más avezados abordaban
el tren a caballo o en las curvas en donde el tren bajaba la velocidad.
El
tren contaba con varios guardias armados, pero en este tipo de trenes tan
largos era una tarea casi imposible brindar la seguridad a todos los vagones. Muchas
veces los delincuentes subían hacían de las suyas y los guardias ni si quieran se percataban a no ser que llegaran a la estación
y encontraran a las victimas amarradas o hasta asesinadas.
Abordamos
el tren de forma rápida y nos encontramos con algunos pasajeros que andaban con
uno o más guardaespaldas. Le comente en forma de broma a mi editor:
Creerán
que soy un personaje rico y famoso y tú eres mi guardaespaldas.
El
me miro y de forma jocosa pregunto:
¿Y
porque no creerán mas bien que yo soy el famoso y tú el guardaespaldas?
Nos reímos
al unísono.
Luego
de pasar algunos vagones con muy pocos pasajeros nos dirigimos al cubículo que teníamos
asignados. Nos ubicamos y después de guardar las maletas. Nos acomodamos para
iniciar el viaje de seis horas para el pueblo en donde estaba mi bella de ojos
esmeralda.
Aproximadamente a las dos horas de iniciar el
viaje mi editor me dice: ¿No te provoca una copa de vino con una cena ligera? Deberíamos
ir un rato al comedor. Yo asentí con la cabeza.
Pero le dije: ¡Pero sin pasarse copas! No te
cargare hasta aquí.
El soltó la carcajada. Y me respondió, voy más
por el hambre que por las ganas de beber.
Quizás pensaran que mi editor era un borracho,
pero realmente no era así. Él era el tipo de persona que después de varias
copas comenzaba a cabecear hasta que se quedaba dormido, así que no llegaba a
emborrarse como tal. Más bien la bebida lo relajaba y adormecía. Haciendo que
uno tuviese que ayudarlo a trasladarse.
Por supuesto que en situaciones en donde
hubieses mujeres hermosas o algo que necesitara que se le prestara atención el
hombre no sucumbía fácilmente al vino. Mostraba cierta fortaleza.
Cuando salimos del cubículo notamos dos
pasajeros que se acercaban por el pasillo y pasaron de forma muy rápida y descortés
a nuestro lado. Uno de ellos me tropezó con algo que escondía en su abrigo. Podría
haber sido un arma, un bastón pequeño o una espada.
A seguir caminando por el pasillo baje la
velocidad y mi editor que iba atrás de mi choco conmigo ya que el había
volteado para ver a donde se dirigían estos pasajeros sospechosos.
No sé porque, sin decirnos palabra alguna y con
cierta sensación de peligro mí editor y yo decidimos cambiar nuestra dirección
y seguir de forma muy taimada a los hombres. Caminaron tan rápido que cuando
entramos al siguiente vagón no los vimos. Pensamos que habían entrado a los cubículos.
Así que nos asomamos a cada uno de forma muy discreta. Solo uno estaba ocupado
por una pareja de ancianos que charlaban entre ellos y por sus formas de vestir
indicaban que eran de bajos recursos. Les pregunte si habían pasado por aquí
dos hombres. El señor me respondió que sí. Que se asomaron y los observaron brevemente
y luego siguieron su camino.
Nos despedimos de los ancianos y mi editor me
comento lo que yo estaban pensando: ¡De seguro son bandidos que están buscando
alguna victima!
Nos vimos la cara como diciéndonos: ¡No se metan
en eso! ¡Es problema de la guardia del tren!
Pero nos volvimos a ver la cara y usando ese lenguaje masculino sin palabras;
concordamos en seguirle la pista a los bandidos hasta encontrar a un guardia.
Seguimos avanzando por el siguiente vagón,
cuando escuchamos un golpe seco y el sonido que hace un cuerpo al caer al suelo.
Nos acercamos y nos asomamos en la puerta del cubículo de donde vino el ruido. Ahí
estaba un hombre de mediana edad en el suelo con la cabeza ensangrentada y en
una esquina una mujer aterrorizada al parecer su esposa. Los hombre cual vil
aves de rapiña estaban dándole la espalda a la puerta y sacaban todo tipo de cosas
delas maletas de estos infortunados pasajeros. Sin pensarlo mí editor y yo nos abalanzamos
sobre los dos delincuentes. Al estar descuidados logramos tumbarlos. Pero uno
de ellos se recuperó rápidamente y me dio un golpe que hizo que me callera. Por
fortuna estaba cerca de la pared divisoria del cubículo y mi espalda pego
contra ella y no caí. El hampón aprovecho el momento y se abalanzo sobre mí,
queriendo sacar lo que parecía un arma de su abrigo. Sin pensarlo le aseste un golpe
en la quijada con mi mano derecha el tipo intento de nuevo incorporarse y lo volví a
golpear esta vez usando todo el peso de mi cuerpo. No volvió a levantarse.
Mientras
yo estaba luchando. Mi editor se había montado sobre el delincuente que había caído
para evitar que se pudiese parar. Este delincuente logro sacar un arma de fuego
y mi editor logro ponerle su pie sobre la mano evitando que la usara contra
nosotros. Aun así logró dispararla y mi editor lo piso con más fuerza hasta el
punto que el hombre grito de dolor y dejo de luchar para liberarse ya que se sabía
perdido.
Sin darnos cuenta en la puerta se había reunido
un grupo de espectadores mayormente personas mayores que viajaban en los otros cubículos.
El tiro los había atraído.
A los pocos minutos llegaron tres guardias del
tren y apartando a las personas de la puerta preguntaron qué estaba pasando. Le
explicamos brevemente lo sucedido y tomaron en custodia a los delincuentes llevándoselos
esposados. Un anciano. Al parecer medico se acercó a revisar al hombre con el golpe
en la cabeza. La esposa lloraba desconsoladamente al lado de él. A los pocos
minutos el hombre reacciono y se sentó. Gracias a Dios que solo había perdido
el sentido por el golpe recibido.
La esposa se nos acercó y nos agradeció lo que habíamos
hecho por ellos y nos ofreció una recompensa por haberlos salvados. Resultaba ser
que el esposo era un alto directivo de una acerería muy prestigiosa del país y
estaba viajando por motivos de negocios. La forma de vestir lo delataba como
alguien adinerado. Nosotros cortésmente rechazamos su regalo ya que lo que hicimos
lo habíamos hecho solo por ayudar al prójimo. Y como caballeros hubiese sido
indigno y lo más bajo salvar a alguien por una paga. No éramos ni caza recompensas
ni mercenarios.
Después de este suceso que elevo nuestra adrenalina
a más no poder salimos del cubículo y al momento un periodista que estaba en el
tren nos tomó varias fotos que por el flash nos deslumbro. Decidimos retirarnos
rápidamente hacia el comedor entre el grupo de personas que nos daban palmadas
en la espalda felicitándonos por el acto heroico. Y expresando lo valientes que
habíamos sido al enfrentar a esos dos tipos.
Nosotros estábamos más bien preocupados que
nuestro jefe en la editorial se enterara por medio de la prensa que estábamos regresando de la ciudad en donde se suponía
que debíamos estar haciendo un libro.
Llegamos al comedor y duramos un rato sin decir
palabra alguna. Hasta que mi editor dijo:
No peleaba desde que tenía 12 años. Fuimos arriesgados.
Gracias a Dios pudimos dominarlos.
Yo solo atine a decir. Realmente somos
afortunados.
Seguimos sorbiendo nuestras copas de vino en
silencio hasta que mi editor dijo en forma de reproche:
¡Espero que valga la pena el viaje!
Solté la risa y le dije:
¡Valdrá la pena! Ya verás.
Lo dije pensando en el color verdoso de los
ojos mi bella dama.
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