jueves, 28 de febrero de 2019

Romance en el tren. Capitulo XXI Explorando.


Romance en el tren.
Capitulo XXI
Explorando.
…Luego de pasar un rato en el gran balcón mi amigo el editor y yo decidimos embarcarnos en la aventura de caminar y explorar la gran mansión.
Si desde afuera parecía inmensa desde adentro parecía interminable. Pasillos, puertas, salones y más puertas y más salones.
Le comente a mi editor en forma de broma:
No me gustaría necesitar un baño de urgencia en este lugar. Ya que ni siquiera recuerdo el camino para regresar a mi habitación.
Reímos en conjunto. La inmensidad era tal que nuestra risa y conversación generaba un eco que a momentos era perturbador.
No me considero una persona supersticiosa. Creo firmemente que todo tiene una explicación lógica y razonable. Pero no me sorprendería escuchar que por el gran tamaño de este palacio y la soledad que reina en el lugar los criados y hasta los mismos dueños creyeran en fantasmas…
Había un lugar que estaba buscando en particular y mi editor sabia cual era.
Si, estábamos buscando la biblioteca. Nos imaginamos que sería muy grande y estaría llena de libros. Después de andar por varios minutos que nos parecieron interminables y de abrir un sinfín de puertas logramos encontrarla.
Al entrar quedamos pasmados. Parecía una biblioteca de una gran ciudad europea. La interminable cantidad de libros estaba organizada en bibliotecas de madera que llegaban hasta el techo. El salón estaba dividido en secciones y cada área contaba con escaleras que se deslizaban de punta a punta para poder llegar a cualquier libro.
Además, en cada sección había una zona de lectura con muebles, poltronas y escritorios con lámparas antiguas.
Fuimos caminando y en lo que parecía la zona administrativa estaba un libro muy grande que describía los tipos de libros que estaban en cada zona.
Me fui directamente a buscar la sección de romance, novelas y poesía.
La ubique rápidamente y mi editor y yo nos dirigimos a buscar no solo los libros del cual soy autor  si no también los libros de nuestra casa editorial.
Y en efecto, estaban casi todos los libros a excepción de los que yo había escrito. Me quede extrañado. Pero mi editor despejo rápidamente las dudas ya que mis libros estaban en la mesa de lectura. Eso quería decir que alguien los esta o estaba leyendo recientemente.
Me alegre ya que el que alguien te lea te hace sentir que tu trabajo valga la pena. Pero mi felicidad duro poco. Al lado de los libros estaban unos periódicos. Sin verlos siquiera pensé:
Si están al lado de mis libros es porque debe haber alguna reseña o articulo de mí y mis novelas.
Y en efecto, al revisar los periódicos había referencias a mi novela y a mi persona. Y como siempre se hablaba muy bien de las novelas pero no del escritor.
Como hacia unas semanas que no se me veía en la gran ciudad. Uno de los periodistas sin escrúpulos escribió:
Hace tiempo que no se sabe de el escritor misterioso.
¿Estará de juerga seduciendo jovencitas incautas?
¿Estará sumido en el bajo mundo de los vicios como la mayoría de los escritores?
Solo el tiempo lo dirá…
Lo demás era una gran cantidad de sandeces que ni siquiera voy a mencionar.
Más de lo mismo me dije y tire bruscamente el periódico en el escritorio. Mi editor dándose cuenta de mi molestia me dijo:
Cálmate, ya deberías estar acostumbrado. Lo importante aquí es lo que tú creas de ti mismo.
Respire hondo y le dije es verdad, pero igual sigue molestando que te dañen la reputación seres como estos que solo por querer brillar le lanzan lodo a los demás.
Luego de unos minutos revisando los libros. Me asalto una duda y la exprese en voz alta para que escuchara mi editor:
¿Qué raro que la señora de la casa no hizo ninguna referencia a estas críticas de los diarios?
Mi editor respondió: Yo me estaba haciendo la misma pregunta.
Una voz femenina que nos asusto porque creíamos que estábamos solo respondió de otra sección de la biblioteca:
¡Porque también de nosotros se escribe y se habla cosas que no son ciertas y esos nos ha enseñado que no hay que creerle a la prensa!
Nos quedamos petrificados.
Yo me dirigí con cautela al lugar del origen de la voz diciendo:
¿Con quién tenemos el gusto?
Al llegar a esa parte de la biblioteca nos encontramos con una mesa larga con varias lámparas y varias poltronas y en una de ellas estaba sentada una mujer muy hermosa como de 30 años o más, su cabello era negro azabache y lo tenía arreglado bajo un sombrero de tal forma que resaltaba su cara y su cuello.
Era de piel clara mas no blanca. Su nariz perfilada estaba coronado por dos ojos color miel. Tenía un vestido blanco con encajes ceñido a su cuerpo muy bien formado y un escote muy conservador que aun así resaltaba sus atributos. En sus manos tenía un libro del cual no pude identificar.
La mujer se levanto de forma lenta mientras yo me acercaba y extendió su mano y se presento como la hermana menor de la señora de la casa. Yo la salude con una pequeña reverencia y cuando le iba a decir mi nombre me interrumpió y dijo:
¡Usted es míster XXXXXX el escritor!
La forma como hablaba me intimido a momentos. Pero rápidamente recupere la compostura y dije mientras mi editor me llegaba por la espalda:
Veo que soy muy conocido en esta casa. ¿Conoce a mi editor?
Ella respondió que no y le extendió la mano para saludarlo.
Ella volvió contra mí y me dijo:
He leído sus libros y déjeme decirle que me parecen aburridos. Una que otra idea tal vez interesante pero nada del otro mundo.
Esto lo dijo mientras caminaba y me daba la espalda para sentarse de nuevo en su poltrona y agarrar el libro que estaba leyendo.
Agrego:
Mi hermana es la que se derrite por sus novelas, yo soy más de tipo analítico.
Le respondí: bueno, le agradezco su opinión, pero en mi defensa no obligo a nadie que lea mis libros. El que lo hace asume las consecuencias de su decisión.
La señorita levanto su cara del libro y me clavo su mirada, su boca reflejo una sonrisa de esas como de preparación del combate. Frunció el ceño y me expecto:
Sí, eso pasa como cuando compras un dulce, nadie te obligo a comprarlo pero es decepcionante cuando uno lo prueba y no es lo que uno creía…
Ahora fui yo el que sonrió y frunció el ceño y le dije:
¡Dulce es dulce! ¡A Veces es que la boca esta amarga señorita!
Ella se arrelleno en su poltrona y estaba a punto de responderme cuando mi editor dijo:
Discúlpenos señorita pero tenemos un compromiso que cumplir.
Prácticamente mi editor me agarro por el brazo y me alejo de ahí.
Mientras me retiraba le dije:
¡Fue un gran placer señorita! ¡Es agradable conversar con personas que me han leído! Cuando lo desee le puedo firmar el libro como autografo.
La señorita se puso colorada, evidentemente entendió mi sarcasmo.
Pero ya nos estábamos retirando y no le dimos tiempo de responder.
Mi editor me reprocho: ¿Vas a pelear con la hermana de la dueña de la mansión? ¿Te volviste loco?
No le preste atención a mi editor, debo reconocer que me gusto el enfrentamiento que tuve con la señorita y tenía la leve sospecha que a ella también le gusto el encuentro.
Pensé: Creo que nos volveremos a encontrar..
Mi editor me dijo mejor vayámonos a los jardines no vaya a hacer que nos consigamos otro familiar  que te haya leído y no te quiera y tu por no aguantarte seas el culpable de que nos corran.
Cuando íbamos por el pasillo nos encontramos con la servidumbre llevando barriles, comida y diversas cosas para la fiesta del día de mañana.


jueves, 21 de febrero de 2019

Romance en el tren Capitulo XX Recuerdos


Romance en el tren
Capitulo XX
Recuerdos
… llegue agotada a mi casa. Hace pocos momentos dejamos a la  prima de mi amiga en su casa. Luego de haberme bañado fue el turno de mi amiga meterse a bañar mientras yo me relajo un rato en el balcón tomando un refrescante vaso de jugo de frutas.
Ya empieza a caer la tarde y el horizonte se tiñe de colores rojos con matices rosas y alguna que otra veta gris. Pienso a momentos lo hermoso del paisaje del atardecer. Es el momento del día que uno se vuelve romántico y melancólico y desea estar en compañía de alguien amado. De verdad me gustaría decirle a mi compañero del tren que lo extraño cuando el sol se da la mano al horizonte y la noche apaga el ruido de la gente…
¿Debería escribirle?
Medito por un momento en lo que me dijo mi amiga:
Si el te quiere te buscara, nada lo va a parar…
Me digo: Paciencia, debo tener paciencia…
En ese momento sale mi amiga del baño, se termina de vestir y nos sentamos en la terraza de la casa a conversar sobre la fiesta en la mansión de los delfines (La llamamos así por la fuente principal de la mansión que tiene un delfín con otros más pequeños).
Hablamos de los vestidos que por etiqueta debemos llevar todas las jóvenes y si recordamos los pasos del baile principal.
Después de hablar un rato sobre algunas cosas triviales y aun con el cielo encendido de colores comenzó a soplar una leve brisa cálida, muy agradable. Nos quedamos un rato en silencio y aproveche preguntarle a mi amiga por el prometido que había tenido. Si lo había vuelto a ver, si el intento volver con ella. Yo conocía la historia de lo que había pasado por las cartas muy tristes que ella me enviaba. Ahí ella se desahogaba por todo lo que le había pasado…
Y, aunque ella dejo de escribirme sobre el tema sabía que no es igual escribirle a tu mejor amiga que hablar personalmente del tema.
Pensé a momentos:
Parece que es una regla para nosotras las mujeres:
Siempre el primer amor con el que creemos que nos vamos a casar y con el que soñamos vivir para siempre felices resulta ser el más decepcionante y el más doloroso, ese primer amor nos marca. Pero viéndolo del lado positivo nos hace madurar y al pasar el tiempo entendemos que fue mejor así. Ya que por la inexperiencia pasamos tendemos a pasar por alto graves defectos que nos hubiese causado dolor si nos hubiésemos casados.
Decidí preguntarle directamente:
Amiga ¿Qué paso con fulano?
Ella pensó por unos segundos y respondió:
El se fue del pueblo, a las semanas de romper el compromiso supe que se había ido con la hija de uno de los adinerados del pueblo…nos quedamos un rato en silencio. Y, ella agrego: Yo nunca creí que él se estaba viendo con ella. Mis amigas y anteriores compañeras de clase me lo advertían y yo no lo creía. Mis dos hermanos me decían que sus novias les habían contado que mi prometido andaba con otra y yo no les creía. Hasta me moleste con algunos de ellos y los deje de tratar. Mi mama y papa me decían que en el pueblo se comentaba que el andaba con esa muchacha.
Hasta me decía que si tú estuvieses aquí me apoyarías y que tú serias la única que me comprendería…
Pensé  a mis adentros: Ese muchacho jamás me inspiro confianza.
Ella continúo hablando:
En varias ocasiones lo aborde y él me negaba que andaba con esa mujer… y yo como una boba enamorada le creía…
Note que  a momentos se le quebraba la voz a mi amiga y me dio remordimiento haberle tocado el tema. Iba a decirle algo consolador cuando ella me interrumpió y dijo: No te engañes creyendo que estoy triste o molesta por él. Eso ya lo supere. Por el no siento ya absolutamente nada.
Pero si estoy molesta, estoy furiosa pero es conmigo misma. Por no hacer caso a las advertencias, por no ver mas allá de mis narices, por molestarme con mis amigas y familiares.
Tuve que pedir muchas disculpas…
Me porte como una boba.
Tengo el vestido de bodas guardado en mi cuarto en un baúl con llave, envuelto en una bolsa para que no se dañe. Mas nunca lo saque o lo volví a contemplar.
Una lágrima corrió por su mejilla…
Yo le agarre su mano y se la apreté y le dije:
Ya veras, pronto encontraras a un hombre que te valorara como nadie en esta tierra, que se desvivirá por ti, y que no tendrá ojos para mas nadie. Que te llevara al altar con orgullo y en donde lucirás ese vestido de novia provocando la envidia de todas, hasta de mi.
Ella se limpio la lágrima y sonrió. Luego dijo: de repente te casas tu primero.
Ojala tuviese yo alguien que me escribiera cosas como a ti te escribe ese admirador del tren. Ya sabes: Si no lo quieres me lo das.
Reímos las dos juntas.
Luego le pregunte a mi amiga para no caer en hablar de mí otra vez:
Amiga: ¿Y, Ahora no tienes algún pretendiente?
Ella respondió: Si, el hijo de la mansión delfín, desde hace un tiempo me está queriendo pretender. El es muy amigo de este muchacho que toda la vida ha estado enamorado tuyo. Recuerda que sus papas son grandes amigos y las dos familias son las más adineradas de la zona.
Pregunte: ¿Y tú qué tal? ¿Te gusta?
Mi amiga se quedo pensando un momento y dijo:
Me agrada sus atenciones pero a pesar que todos  me dicen que es un muy buen partido yo aun no lo veo como mi futuro esposo.
Te entiendo amiga, nos tocara tener paciencia, recuerda a nuestra amiga Clarisse. Ella era la más callada del grupo y se caso con un buen muchacho del pueblo. Aun recuerdo lo bonita que fue la boda. Lo último que supe de ellos es que estaban viviendo en la ciudad sur y que eran muy felices. Su relación empezó de forma muy discreta y a pesar de que tuvo ataques porque él era un simple empleado de factoría, eso no dejo que ella lo aceptara. Para dolor de muchos niños ricos de aquí.
Lo de ella y el nos recuerda que también hay finales felices.
Mi amiga asintió con su cabeza y nos quedamos un rato en silencio viendo el ocaso hasta que el sol se oculto completamente.
Al rato decidimos pararnos e ingresar a mi habitación para revisar y arreglar el atuendo que íbamos a llevar el día de mañana a la reunión.  Mi amiga había traído el suyo y como o habíamos planeado que ella iba a pasar la noche en mi casa nos dimos el tiempo suficiente de ser minuciosas en ajustar, coser, planchar los vestidos. Además, limpiamos y revisamos muy bien las zapatillas para que estuviesen en las condiciones óptimas para la fiesta. Y por supuesto el maquillaje no podía faltar. Comenzamos a practicar como nos íbamos polvorear las mejillas, pintar las pestañas y los labios.
Después que arreglamos todo practicamos por un rato los valses que se bailarían en la reunión. Tenía mucho tiempo que no bailaba. Pero rápidamente le volví a tomar el ritmo.
Al rato de reírnos y hablar de muchas cosas nos dio sueño y decidimos acostarnos.
Ya apunto que el suelo me venciera. Mi amiga dijo:
Tal vez la reunión de mañana nos traiga una sorpresa a ambas…
Yo dure unos minutos tratando de descifrar lo que quiso decir hasta que le pregunte:
¿Por qué lo dices?
Nadie me respondió. El sueño había acallado a mi amiga. A los minutos el también me venció…



jueves, 14 de febrero de 2019

Romance en el tren. Capitulo XIX En la mansión.


Romance en el tren.
Capitulo XIX
En la mansión.
…Luego de la profunda impresión que nos causo las imponentes rejas, pasamos a la inquietante expectativa mientras la limusina surcaba de manera lenta casi como si flotara por un calle empedrada que tenia de ambos lados un vasto jardín que hasta donde permitía ver la obscuridad de la madrugada se podía divisar algunas esculturas y una que otra fuente.
Luego de unos minutos que parecían eternos llegamos a una redoma en donde sobresalía una escultura de un delfín grande con otros pequeños que escupían agua.
La limusina paro en la entrada y toco el claxon. En segundos las puertas se abrieron y salieron algunos miembros de la servidumbre. Como dos mayordomos y tres señoras que al parecer eran las amas de llaves.
El chofer se bajo y abrió la puerta de la limusina y nos invito a salir. Como no reaccionábamos por la impresión o por el sueño el señor y su esposa  nos conminaron a bajar. Y ella agrego de forma jocosa: ¡no tendrán miedo! ¿Verdad?
Mi editor respondió de forma rápida: ¡No! Jamás. Y soltó la risa.
Nos bajamos y la impresión fue mayúscula, al fin podíamos ver el tamaño de la casa y propiedad. Ahí comprendimos la dimensión total de todo ese castillo por llamarlo así. Era impresionante. Las luces ubicadas estratégicamente alumbraban todo el frente dándole cierto aire de majestuosidad a la mansión. Pude notar muchos ventanales y balcones. El frente estaba adornado por diversas flores de variados colores. Como hombres de ciudad estábamos acostumbrados a ciertos lujos pero debo reconocer que encontrarnos con este maravilloso lugar Napoleónico  en el pueblo me asombro. Mi editor y yo recuperamos rápidamente la compostura y tratamos de disimular la impresión. Pero ya era tarde. El amo y señor de la casa nos dijo en forma de broma: ¡Tranquilos yo también creo que es muy opulenta!
Y para tranquilizarnos agrego: Es suya por los días que quieran.
La servidumbre les dio a sus amos una cordial bienvenida.
Luego el matrimonio nos presento como sus invitados especiales y ordenaron que nos trataran como si fuésemos de su familia.
Sin darnos cuenta ya el mayordomo junto con su ayudante nos estaba quitando los abrigos y las maletas. Mientras que el chofer, al parecer mano derecha del amo nos invito a pasar y a seguirlo al cuarto de huéspedes. Mientras nos dejábamos llevar por la situación. El amo dijo en voz alta: llévenlos a los cuartos principales. Y después se dirigió a nosotros: Deben estar muy cansados. ¿Desean comer algo o desean dormir? Yo tome la palabra y le dije:
Ya es de madrugada apetito no tenemos ya que comimos suficiente en el tren, nos gustaría descansar.
El amo asintió con la cabeza y dijo:
¡Es verdad! Es hora de descansar. Dentro de unas horas nos vernos en el desayuno.
Se despidió junto con su esposa mientras entrabamos en la recepción principal. Lo primero que vimos fue una escalera imponente que me hizo recordar una gran biblioteca. Esta escalera tenía barandales de madera torneada con pequeñas figuras muy bien diseñadas. Los escalones estaban forrados por una alfombra continua  color carmesí.
En ciertos lugares había juegos de muebles de estilo victoriano. Las paredes estaban recubiertas por madera hasta la mitad y cada cierto tramo estaba colocada la pintura de algún personaje tal vez antepasado de la familia, también había algunas escenas de la vida del pueblo.
Pasamos otras antesalas y algunas puertas dobles que estaban cerradas. Una de ellas el mayordomo nos explico que era la entrada a la biblioteca. Otra era para los balcones y otra puerta conducía a la escalera del invernadero. También la mansión contaba con un telescopio en la terraza.
Me dije: ¡Mucha información!
Quise hacerle algunas preguntas al mayordomo pero decidí esperar ya que el sueño estaba ganando la batalla.
Por fin llegamos a nuestras habitaciones. La primera fue para mi editor. El mayordomo abrió las puertas dobles y metió las maletas y lo invito a pasar diciéndole que todo lo que estaba en la habitación podía usarlo a su disposición.
Yo quería entrar por curiosidad. Pero el mayordomo salió de forma rápida y cerró la puerta y me condujo a una habitación que estaba al lado e hizo lo mismo. Me hizo pasar y me indico que podía usar todo a mi disposición. Me deseo feliz noche y cerró las puertas. Yo me voltee y por primera vez detalle con sumo cuidado mi aposento.
El cuarto era quizás más grande que una casa, del mismo estilo que la mansión. Alfombras con diversos motivos, madera por todos lados con un recibidor con muebles tipo Luis XV.
Lo que más me llamo la atención fue la cama. Era de madera tallada con un techo del mismo material y adornada con telas de seda en cada pilar. Las sabanas eran muy blancas. A ambos lados tenía dos mesas con jarras de agua fresca.
En una de las esquinas estaba una pequeña licorera. Y una pequeña alacena en donde había pan y carne seca. En otra mesa había frutos secos.
Abrumado por tanto lujo y con ganas desde hacía un buen rato de desahogar mis aguas amoniacales me dirigí a una puerta que al parecer era el baño. Si el cuarto me impresiono, el baño lo hizo aun más. Era todo de mármol y lo que llamaba más la atención era la bañera de bronce. Había leído sobre su existencia pero jamás había visto una. La bañera relucía como si fuese de oro y como si la pulieran todos los días.
Después de desahogarme. Me fui a dormir. Me recosté y aun impresionado no había prestado atención al ventanal de la habitación, me anime asomarme un momento y me percate que no era un ventanal sino que era una puerta de cristal que llevaba a un balcón con un recibidor y barandas de piedra esculpida. Decidí abrir y por curiosidad me acerque al borde y pude ver hasta donde la oscuridad me permitía el bosque y las luces del pueblo a lo lejos. Levante mis ojos al cielo y la noche estaba estrellada solo con alguna que otra nube errante.
Pensé a mis adentros: ¡Ya estamos aquí! Dentro de unas horas veremos qué pasa.
Suspire hondo pensando en mi hermosa de ojos esmeralda. Y me fui a dormir.
… Toc, toc, toc.
Tocan la puerta. Abro los ojos y me encuentro viendo el techo de madera de mi cama señorial, noto la claridad y me pregunto: ¿Tan rápido aclaro?
Vuelven a tocar: Toc, toc, toc.
Digo: Adelante.
Era el mayordomo indicándome que era esperado en la mesa para desayunar.
Pregunto la hora.
El mayordomo contesta: Las nueve y media señor.
Indico que bajare en un momento. Me pare rápidamente me lave y al salir preguntándome como hacía para conseguir el comedor. Me encontré con el mayordomo esperándome en la puerta de mi habitación. Me indico: Por aquí mi señor.
Debo confesar que tanta amabilidad y atención me tenían incomodo. Tal vez era que no estaba acostumbrado a ese tipo de trato. Pero por respeto a la atención que se me estaba dando por agradecimiento soportaba este trato. Aunque si fuese por mi ya hubiese salido corriendo a alojarme en una posada sencilla del pueblo.
Bajamos la escalera principal y cruzamos por un pasillo, luego pasamos otra antesala y otra puerta doble. Pensé: tanto caminar que de seguro terminaremos llegando a un restaurante del pueblo.
Para mi alivio, después de la puerta doble estaba el comedor.
Era inmenso, como para 24 personas, del mismo estilo victoriano. En la mesa había diversos platos servidos: el principal un cerdo dorado. Y otros platos más pequeños entre comillas. Tenían otros tipos de carnes, había también aves. Había quesos, panes y muchas frutas. De bebida había vino, leche y agua.
Había algo que me llamo la atención y fue lo primero que decidí agarrar cuando se me diera la oportunidad. Era como una especia de torta aplanada color dorado con señales de haber sido asado. Como he viajado mucho conozco mucho de los platos típicos de cierta zona. Pero ese en particular me llamo la atención.
Ya mi editor estaba en la mesa, en la cara también se le notaba lo abrumado que estaba.
El amo y su señora nos dieron unos afectuosos buenos días. A su lado estaba un joven cono de casi treinta años. El señor de la casa nos presento y conto brevemente como lo habíamos ayudado en contra de unos delincuentes y lo agradecidos que estaba con nosotros. El joven se paro y nos estrecho la mano con mucho aprecio agradeciendo lo que habíamos hecho por su familia.
Luego de una oración de dirigida por el señor empezamos a comer. Lo primero que agarre fueron las tortas amarillas, eran crujientes con la parte interna blanda, no hallaba manera de identificarla. Hasta que me decidí preguntar que era. El señor le pidió a su ama de llaves que estaba presente que me explicar: ella me dijo que estaban hechas a base de maíz hervido, luego se tritura y se hace una masa que se le da forma redondead y se coloca en un plancha de metal se tuesta hasta cierto punto y luego se come con mantequilla, queso, leche o lo que quisiera agregarle. Pregunte como se llama. En ese momento el mayordomo se acerco a su amo y le murmuro algo al oído. El señor se paro y pidió disculpa por retirarse ya que tenía que atender una llamada de la empresa.
Cuando se retiro. La esposa me pregunto sobre el nombre de los libros que he escrito.
Yo le nombre: Cazador de atardeceres, Escuchando el rumor del silencio y dos más de los publicados. Ella se quedo pensando por un breve momento y exclamo: ¡Ya! Llamo a su ama de llaves y le indico que fuese a la biblioteca y que buscara en el lugar de lectura de ella ese libro. El ama de llaves se retiro a buscar el libro.
La señora se me quedo observando por unos segundos y dijo: con el fragor del viaje y de lo que nos paso no había caído en cuenta quien era usted.
Yo trague grueso pensando en lo que la prensa, los periodistas y chismosos de oficio dicen de mí.
Y las veces que fui juzgado sin razones justas. Y mire a mi editor como diciéndole: ¡A recoger las maletas!
Ella soltó una pequeña risa y dijo: ¡Me encantan sus novelas! La forma en que escribe y describe el amar a una mujer. Usted es muy sublime, su esposa debe estar encantada de tener  a un hombre así. Mi editor tosió y se llevo la mano a la boca. Yo lo mire de reojo como diciéndole: ¡Cállate!
Yo le dije a la señora que me sentía muy halagado por su opinión de mi sin mencionarle nada sobre si tenía pareja o no.
En ese momento regreso el ama de llaves y me sorprendió la rapidez con que encontró el libro. Sospeche que la señora lo estaba leyendo recientemente y lo tenía encima de su escritorio a la mano.
La señora al ver la reacción de mi editor pregunto: ¿Está casado verdad?
A esa pregunta directa no había forma de escapar.
Le respondí: No mi señora. No existe la señora escritora.
Ella sonrió de extremo a extremo. Y exclamo: ¡No puede ser! Pues has venido al lugar indicado. Yo se que a usted le deben llover las mujeres. Aquí tengo muchas amigas de muy buena familia que estoy segurísima que no dejaran que usted se le escape. Y volvió a sonreír. Su hijo le reprocho de manera respetuosa: Mama. Vas avergonzar a nuestro invitado.
Lo único que atine a responder fue con unas gracias y adornarla con una sonrisa.
¿Y usted? Pregunto dirigiéndose a mi editor mientras tenía una pata de pollo en la boca.
El respondió. Bueno, al igual que mi amigo aquí, también estoy soltero, pero no me cierro a ninguna oportunidad.
Ella asintió con la cabeza y dijo: pues mañana tenemos una reunión familiar y hemos invitado algunas familias con hijas y hermanas solteras. Mi hijo está interesado desde el colegio en una de ellas. Tal vez usted mi amigo escritor pudiese darles algunos consejos para conquistarla.
Antes que pudiese responder. Mi editor tomo la palabra y dijo. ¡Claro! Cuente con nosotros, así conoceremos mas a la personas de aquí, y por qué no, tal vez salgamos casados del pueblo.
Todos rieron mientras que yo lo hice de manera simulada, no sabría decir porque. Pero no me agradaba la idea. Después de hablar de diversas cosas de mis libros y de asuntos triviales. La señora y su hijo se excusaron por los preparativos de la reunión del día de mañana. Mientras nos indicaron que podíamos visitar cualquier lugar de la mansión.
Yo decidí dirigirme hacia los balcones principales. Mi editor me siguió, cuando estábamos solos en el balcón le reproche lo salido que era. Le recordé que yo estaba en el pueblo era por una mujer en particular. El me tranquilizo y me dijo: ¡No te inquietes! ¿Qué hay de malo estar en una fiesta y conocer mujeres? ¡Ni que nos fuésemos a casar con ellas! Bueno. Tienes razón, le conteste.
En ese momento dirigimos inconscientemente la mirada hasta cierto claro en donde se veían tres mujeres. No podíamos distinguir su rostro o facciones por la distancia solo podíamos saber que eran féminas. Las observamos unos minutos sin decirnos nada hasta que mi editor pregunto: ¿Quieres tomar algo? Yo le respondí: No. Gracias, estoy bien. Mi editor se retiro a buscar algo. En ese momento sentí como si me estuviesen observando fijamente, voltee y vi que una de las chicas al parecer se había quedado mirando hacia donde estaba yo mientras que las otras se retiraban. Duramos unos minutos viéndonos de lejos hasta que ella volteo y se fue detrás de las otras dos chicas que en ese momento se estaban lanzados en bicicleta al parecer por una colina. Note que la chica volvió a mirarme unos momentos hasta que se monto en su bicicleta y se fue.
Sentí una emoción similar a la que tuve con la me quitaba el sueño.
No sé si eran ideas mías pero no podía sacarme de la mente a mi bella de ojos esmeralda.
Y me dije: Mi mente está jugando conmigo.
Trate de buscar con la mirada a las chicas y solo pude ver a la que se había quedado observándome cuando se lanzaba desde lo alto de la colina en su bicicleta, luego la perdí de vista…

sábado, 9 de febrero de 2019

Romance en el tren. Capitulo XVIII En los senderos


Romance en el tren.

Capitulo XVIII

En los senderos
… Mi amiga de la infancia y yo nos dirigimos a buscar a su prima en el otro sector del pueblo.
Decidimos usar la ruta menos poblada. Así, podemos ir en bicicleta sin correr peligro por los pocos vehículos de mi pueblo, las carretas y los animales de carga.
Llegamos a la casa de la prima y ella ya estaba esperándonos en frente de su casa.
Estaba más grande de lo que me acordaba. Quizá, hasta más alta que yo y eso que a pesar de que siempre me he considerado una persona alta. Ella acababa de cumplir 19 años y se había convertido en una joven muy linda. Tenía el cabello liso color castaño claro y usaba unos lentes que le daban cierto aire de seriedad que no correspondía a su edad pero que le quedaba muy bien.
Nos saludamos, preguntamos por nuestras respectivas familias y planeamos la ruta.
Decidimos irnos por donde estaban algunas colinas onduladas y en donde había ciertas zonas que estaban sembradas por trigo y cebada.
En esta época era un espectáculo ver como el trigo dorado se movía de un lado para el otro al son del viento, parecía olas en movimiento.
Aun recuerdo cuando niña me traían de paseo y me sumergía en esas espigas de trigo y cebada. Para mi edad era el mejor paseo del mundo.
Las vías estaban bordeadas por flores silvestres de diversos colores que parecían que estuviesen cuidadas permanentemente por alguien pero realmente no era así. Estas flores crecían y se mantenían de forma natural.
Nos paramos y recogimos muchas para hacer guirnaldas y coronas para el cabello.
Habían rojas, azules, amarillas, blancas y de otras tonalidades.
Decidimos seguir nuestra aventura con las cestas llenas de flores y fuimos dejando el pueblo atrás.
Mientras pedaleábamos hasta la parte más alta de una pequeña colina, paramos en la parte alta y sin dudarlo nos lanzamos por la cuesta empinada. Mientras íbamos agarrando velocidad exclame emocionada:
¡Años que no me subía en una bicicleta!
Sentí la emoción de la adolescencia en mí de nuevo.
La brisa en el rostro, los olores a flores silvestres. Era un sinfín de sensaciones que me traían gratos recuerdos.
Mientras bajaba a gran velocidad por un momento perdí el control y el equilibrio haciendo que me saliera del camino y cayera de bruces en la hierba, me deslice varios metros en el pasto aun elevado. Hasta que mi cuerpo se detuvo. Por momentos quede aturdida y mi amiga con su prima que venía atrás se pararon con sus bicicleta a mi lado y se bajaron preguntando con preocupación si estaba bien. Yo no sentía nada absolutamente, ni dolor ni golpes. Lo único que hice involuntariamente fue soltar una carcajada a todo pulmón. Un ataque de risa incontrolable. Mi amiga y su prima se quedaron observándome de manera seria y el semblante de mi prima fue cambiando de preocupación a reproche. Y me increpo:
¡No cambias, sigues igual de loca como siempre!
Cruzo sus brazos como cuando mi madre me regañaba.
Yo seguí riéndome hasta que ella comenzó a reírse también.
La prima se nos quedo observando meneando la cabeza de ambos lados mientras reía.
Al rato quedamos en silencio. Hasta que mi amiga pregunto:
¿No piensas pararte?
No le conteste, solo tenía la mirada clavada en el cielo, nubes y aves que pasaban
Como ellas veían que no me paraba, decidieron tumbarse a mi lado.
Yo pregunte:
¿Recuerdas cuando después del colegio nos veníamos a tumbarnos a la pradera a observar el cielo y buscarles formas a las nubes?
Mi amiga respondió: Tenía años que no observaba el cielo, cuando uno crece las cosas cambian. Las responsabilidades, las ocupaciones hacen que descuidemos estas cosas.
Tu partida hizo que yo dejara de hacer ciertas cosas que hacíamos juntas…
Por momentos me sentí culpable hasta que ella añadió:
¡Pero hoy estas aquí de nuevo haciendo lo que tanto nos gustan!
Si amiga estoy aquí otra vez.
La prima interrumpió nuestra conversación señalando al cielo y exclamo:
¡Esa nube se parece a una torta que hice recientemente para un matrimonio!
Mi amiga después de verla dijo:
¡Parece una torta pero aplastada!
Volvimos a reír de nuevo.
Luego de contemplar un rato el cielo tumbadas en el suelo decidimos seguir la ruta. Levante mi bicicleta y no tenia daño alguno, recogí las flores y volvimos a agarrar el camino. Llegamos a una bifurcación y tomamos la vía hacia las zonas más altas en donde había una que otra mansión de gente adinerada y que desde el camino se podía observar los grandes balcones que miraban hacia el pueblo.
Nos gustaba pasar por ahí para observar los grandes jardines que sobresalía entre las rejas de las casa.
Una que otra vez el hijo de uno de esos adinerados al salir en sus carros nos enamoraba invitándonos a sus casas. Pero nosotros no éramos las típicas chicas que caían por un carro, dinero o posición social. Y cuando se ponían impertinentes en la vía lo rechazábamos de manera muy firme.
Un poco ya cansadas de tanto pedalear cierta cuesta, nos paramos en un claro cerca de la vía que estaba rodeado por muchas flores. La brisa movía suavemente las ramas de los árboles y el canto de aves hacían del lugar una zona mágica de donde nunca uno quisiera irse.
Nos sentamos a comer la merienda que habíamos traído, mi amiga llevo panes con mermeladas de frutas y galletas de chocolate hechas por su abuela. La primita trajo tortas de frutas y jugo de manzana. Yo traje mis tortas de maíz tostados rellenas con mucho queso y mantequilla. Y además mi delicia preferida: café de granos recién molidos. Y por supuesto lo que quedaba del chocolate que me habían regalado. Por supuesto también cargábamos agua para cuando nos diera sed.
Extendimos una manta y nos sentamos alrededor de la merienda que más que comida era lo preferido de nosotros dulces y confites. Solo mi amiga protesto en forma de burla: ¡Pareces una vieja trayendo café! Y soltó la carcajada.
No le preste atención y seguí disfrutando de lo sorbos de mi vaso. Pero si le indique: pues no me pidas que esto es de viejos. Ahí brinco la prima y dijo: ¡Pues yo seré vieja también porque me encanta el café y más con torta!
Ahí fui yo que solté la risa.
Mi amiga la vio con cara de reproche como diciéndole con la mirada: ¡Traidora! Pero así somos nosotras peleamos y nos contentamos.
Después de hablar de algunas cosas sin importancia, aproveche para hablarle de mi encuentro con el escritor en el tren.
Le conté sobre él, sobre lo que decían en los medios, sobre lo que me hacía sentir y que mis padres aun sin conocerlo o tratarlo no estaban muy a gusto con mi relación con él.
Ella se quedo pensando un rato. Y pregunto: ¿Crees que sienta lo mismo hacia ti? Ahí saque la carta de forma muy tímida y se la entregue.
Ella la leyó como si estuviese leyendo las instrucciones para encontrar un tesoro. Como se tardaba tanto y no decía ni una palabra estuve a punto de quitárselas de las manos y decirle: ¡Ya, me la vas a gastar!
Note que se sonrojo un poco, al rato me entrego la carta y pregunto:

¿No tendrá un hermano? Luego sonrío, y dijo: si escribe así debiste impresionarlo mucho.

Luego agrego: Se ve muy lindo pero hay que conocerlo. Tú siempre has sido la más madura de nosotras dos.
Si tu instinto te dice que él te quiere y tú le correspondes hay que dejar fluir las cosas para ver qué pasa. Con respecto a tus padres, tú siempre has sabido que tu papa es muy celoso y es normal que este preocupado. Al igual que tu mama*
¿Te ha llamado? Yo le conteste que no sabía ya que en esto días no habíamos parado en casa y pudiese ser que al llamar nadie le respondiera.
Bueno, respondió ella. Si el te quiere te va a buscar y no se va a rendir hasta lograr verte, esperemos haber. Yo como tu amiga siempre te apoyare en tus decisiones. Ya sabes que mi segundo sueño más grande es ser dama de honor en tu boda. Ya que el primero es casarme con un escritor como el tuyo. Si no lo quieres me avisas ¿Vale?
Reímos todas juntas. Ya que la primita escuchaba todo con timidez mas sin opinar.

En ese momento la prima alzo la mirada y se quedo observando a lo lejos un gran balcón de una casa señorial, ahí se apreciaban dos figuras masculinas que nos observaban a lo lejos. La distancia era tan grande que no podíamos distinguir facciones o formas de rostros, solo sabíamos que eran hombres por la forma de vestir, pararse y moverse. Mi amiga dijo: Vayámonos ahí están esos babosos observándonos, de seguro en cualquier momento bajan a hacernos algún tipo de proposición. Nos levantamos, recogimos todo y mientras mis amigas iban adelante yo quede rezagada y no sé porque me sentí obligada a echar una mirada a ese balcón a lo lejos. Ahí solo quedaba un hombre que miraba hacia el horizonte, y que a pesar de que nos había visto, al parecer no estaba muy interesado en nosotras. Me pareció extraño. Hasta que el cuerpo a lo lejos se inclino sobre la baranda del balcón y me pareció un movimiento muy familiar de mi amado del tren.

Me dije meneando la cabeza:
 ¡Increíble! Ya mi mente juega conmigo. Seguí observando unos segundos hasta que la figura se voltio hacia mí y sentí que me miraba fijamente de nuevo. Un llamado de mis amigas me hizo reaccionar y acelere el paso y me fui con ellas.
Sentí una sensación extraña en mi pecho, muy parecida a la que sentí cuando esos ojos color ámbar me miraban fijamente en el tren.
Me dije: ¡No puede ser! Estoy imaginando cosas.
Mientras pensaba esto mis amigas se lanzaban por una colina en dirección al pueblo riendo y gritando de emoción. Yo me les uní a la diversión, no sin antes voltear hacia ese balcón lejano…

viernes, 1 de febrero de 2019

Romance en el tren Capitulo XVII Inesperado

Romance en el tren
Capitulo XVII
Inesperado
… Luego de la pequeña aventura que tuvimos en el tren con los delincuentes. Mi editor y yo la pasamos el resto del viaje en el vagón comedor en donde un pequeño pero nutrido grupo de personas nos acompañaron. Todavía seguían felicitándonos y hasta algunos decidieron asumir el gasto de lo que bebiéramos o comiéramos. Incluyendo a los otros que estaban acompañándonos en las mesas.
Mi editor dijo en voz baja:
Lástima que ya hemos comido, pero unas copas de vino gratis no estarán demás.
Lo mire de manera cómplice y pedimos varias botellas adicionales.
Algunos de nuestros admiradores recién adquiridos preguntaban una y otra vez detalles del combate que habíamos tenido recién con los maleantes.
Y a medida que el efecto de las copas aumentaba más parecía a nuestros oyentes que lo que acabábamos de hacer era algo digno de héroes con poderes más allá de lo normal.
Yo me reía a mis adentros cuando mi editor contaba de forma grandilocuente la pelea en el vagón. Y parecía que cada vez que la repetía parecía que más sorprendente era lo que habíamos hecho.
No soy amante de las aglomeraciones y menos de personas que se te abalanzan y te hablan encima sintiéndole el olor a licor y sudor.
Decidí pararme discretamente mientras mi editor se había subido a la mesa y volvía a contar la pelea en donde el solo había derrotado a los dos tipos y yo me había quedado parado en la puerta…
Pensé: ¡Este amigo mío! Y me retire riendo a mis adentros mientras meneaba la cabeza.
Me dirigí a mi cubículo, pero decidí no entrar. Pase de largo y enfile mis pasos al vagón mirador.
Los pasillos estaban desiertos. Me imaginaba que la mayoría estaría en el comedor escuchando como mi editor había salvado al país, al Rey, al primer ministro, al tren y de seguro como me había salvado a mí. El resto de los pasajeros de seguro estarían durmiendo en sus cubículos.
Pase el vagón de los recuerdos, el vagón de las pinturas y retratos. Me pare  en el mismo lugar en donde m bella dama blanca de ojos esmeralda estaba contemplando su retrato. Gire mis rostro con la esperanza que su imagen estuviese en la pared colgada; pero ya había sido retirada y sustituida por otra a la que no le di ninguna importancia.
Seguí caminando y llegue al mirador. Estaba desierto y frio. Sus ventanales corredizos estaban cerrados. Las mesas con sus sillas se reflejaban contra el cristal por las luces del vagón. Las apague para poder ver mejor el horizonte y el cielo estrellado.
A medida que pasa el tiempo uno tiende a descuidar las cosas bellas de la vida y una de ellas es la de mirar el firmamento.
Desde joven siempre me gustaron los fenómenos celestes, los atardeceres, los paisajes que se pierden el horizonte.
Recuerdo la primera vez que vi una mal llamada “Estrella Fugaz” Que no es más que un pequeño meteorito que surca el cielo y debido a la fricción se enciende y se va desgastando por el calor.
Aun recuerdo lo inocente que éramos pidiéndoles deseos.
En fin.
Por el trabajo, los problemas, por diversas razones que no sabría decir deje de disfrutar de esas cosas.
Hoy, tenía las ganas o mejor dicho la necesidad de volver a disfrutar de esas cosas tan simples. Creo que el recuerdo latente de mi bella dama era como un combustible para querer ver cosas hermosas.
En este mirador me la imaginaba a mi lado con su tierna sonrisa. Y como una de las comisuras de su boca se empequeñecía más que el otro lado al reír.
Recordaba como bajaba su rostro de manera tierna hacia su derecha cuando se sentía apenada o sensible por algo que se le estuviese diciendo.
Era tan grande su recuerdo que habría podido jurar que estaba aquí. Pero no, sabía que no estaba.
Pase un largo rato mirando las estrellas y los cúmulos. Identifique de forma rápida el cinturón  de Orión el cazador, Aldebarán y las pléyades que parece un cofre abierto con diversas gemas de colores.
Mientras más las veía y detallaba mas deseaba tener a mi lado a la mujer de mis sueños.
Al rato sentí como poco a poco el tren se iba deteniendo. Vi mi reloj y eran las 11:44 Pm. Estábamos llegando como siempre de manera puntual a la estación.
Le eché un último vistazo al firmamento. Sonreí de satisfacción y pensé: ¡Estoy más cerca!
Me dirigí de manera rápida a mi cubículo y ya mi “Héroe” el editor estaba tirado en las sillas roncando. Me pregunte como habría hecho para llegar.
Lo sacudí un  poco y se paró de un sobresalto exclamando: ¿Qué paso? ¿Todo está bien?
Le dije de manera burlesca: ¡Mi valiente amigo ya llegamos al pueblo!
Mi editor se estrujo sus ojos adormilados y aun en estado de somnolencia agarro sus maletas y nos encaminamos a la salida del vagón.
El andén estaba solitario y la noche fría y oscura acentuaba lo desolado del lugar.
Le pregunte a mi editor: ¿Arreglaste lo del hotel? El adormilado me dijo que sí. Y luego saco las reservaciones. Nos dirigimos hacia la salida y preguntamos a uno de los guardias sobre la manera de trasladarnos. Nos indico que esperáramos en una de los salones que nos solicitaría un taxi o una carreta.
Mientras esperábamos. Se nos acerco un hombre muy bien vestido y de modales muy refinados. Nos pregunto nuestros nombres y después nos pidió amablemente que lo siguiéramos. Mi editor y o nos vimos la cara y el comento extrañado: que atención tan lujosa.
Seguimos al hombre que parecía mayordomo de castillo ingles y llegamos a una limusina.
Le reproche a mi editor:
¡Nuestro jefe nos va a matar! ¿Cómo se te ocurre reservar una limusina? ¿Estás loco’? Mi editor también con cara de asombro me dijo que no había solicitado ninguna limusina. El chofer o mayordomo nos hizo señas para que subiéramos al vehículo.
Cuál fue nuestra sorpresa que al subir vimos en el asiento del vehículo a la pareja que habíamos defendido de los delincuentes.
El hombre de forma muy afectuosa nos pidió disculpas por no habernos avisado y se excuso diciendo que de seguro al ser invitados hubiésemos declinado su oferta.
Luego su esposa nos pidió encarecidamente que aceptáramos pasar los días que quisiéramos en su casa de campo a las afueras del pueblo. Que sería mucho mejor que el hotel del pueblo.
Que aceptáramos en muestras de agradecimiento.
Mi editor y yo no tuvimos más remedio que aceptar la invitación.
La limusina era muy cómoda, ni siquiera sentimos cuando arranco o cuando pasábamos un desnivel. El señor nos pregunto a que nos dedicábamos:
Mi editor en forma de broma respondió. ¡A golpear delincuentes y facinerosos en los vagones del tren! y el, señalándome a mí, es mi ayudante.
Reímos a carcajadas. Tome la palabra:
Le dije que era escritor y mi jocoso amigo era mi editor. La esposa nos miro sorprendida y dijo: No me imaginaba que un escritor y mucho menos un editor fueran tan diestros en derribar a unos delincuentes más grandes que ellos. Más bien ella llego a pensar que éramos del servicio secreto o policías de civil. Ella pregunto: ¿Qué género escribe? Le indique que historias de la vida de la gente, novelas románticas, y una que otras veces poesía.
Ella comento: de verdad no parecen escritores ni poetas: Yo le conteste en forma de broma: Es que somos de la poesía secreta (Recordando a dos excelentes poetas a los que les sucedió lo mismo). Todos reímos de nuevo.
El señor nos ofreció una copa y la aceptamos. Mientras  conversábamos no nos habíamos dado cuenta que ya estábamos a las afueras del pueblo y subíamos de manera serpenteante unas colinas en donde de vez en cuando nos topábamos con las luces de grandes casas de gente muy adinerada.
Por fin luego de varios minutos llegamos a unas rejas imponentes que se abrieron de forma automática.
La limusina entro de manera lenta. Mi editor y yo nos vimos como diciéndonos: El libro está tomado un viraje inesperado…