En
el tren…
Capitulo
IX
En
la ciudad.
Después
de una noche de sueño reparador en un hotel cercano a la estación del tren. Me
adentre a caminar por la ciudad. No era la primera vez que estaba aquí. Pero
cada vez que venía me encontraba con
algo nuevo o descubría un detalle diferente que en mis visitas anteriores había
pasado desapercibido. Esta ciudad era de estilo gótico antiguo. Con grandes
esculturas de mármol oscuro con pequeños adornos de bronce y plazas a muy corta
distancia con muchas jardineras con flores de diversos tipos que inundaban el
área de su fragancia. Tenías grande camineras de concreto al estilo de la Roma
antigua y con postes de luz estilo victoriano que le daban un toque elegante a
toda la zona y más al atardecer cuando estaban encendidas las luces.
Esta
ciudad contaba con tranvías que a cada momento pasaban llevando pasajeros. Al
pasar por intersecciones sonaban su silbato haciendo que recordara mi viaje en
el tren y la linda joven que me acompaño en la mitad del viaje.
¿Qué
estará haciendo? ¿Habrá llegado la carta?
Me
preguntaba a cada momento cada vez que la recordaba.
Reconozco
que esa hermosa mujer me tenía desconcentrado en mi trabajo, que era caminar
por la ciudad y buscar inspiración para un nuevo libro que me estaba pidiendo
mi editorial.
Muchos
pueden pensar que la vida de un escritor es glamorosa, que uno se sienta y en
pocos minutos hace un libro. Luego se va de farra con bellas mujeres, ricos y
famosos personajes de moda.
Pues
déjeme decirles que no es cierto.
La
vida del escritor es dura, uno puede bloquearse por días y semanas sin poder
escribir algo. Por eso la editorial nos envía a ciertos parajes y lugares a
buscar anécdotas y relatos de cualquier persona que las quiera contar. O a
veces sucede que uno corre con la suerte de ser testigos de situaciones que son
dignas de una historia. Esto implica caminar e interactuar con todo tipo de
personajes.
La
vida glamorosa es para los escritores ya famosos…
Yo
apenas coloque dos éxitos en las librerías, así que me toca caminar para inspirarme.
Pero
con un corazón medio enamorado es difícil me reclamo mi voz interior.
En
ese momento vi un teléfono público en una esquina. Me dirigí rápidamente a él
para llamar a la bella mujer de mis sueños. Saque la nota que siempre llevaba
en el abrigo y levante el auricular. En ese momento dude. No se por cuánto
tiempo. Sentí temor y duda.
¿Llamo? ¿Qué le digo? ¿Si me contesta otra persona?
¡Pues
pareces un niño d 15 años! ¡Llamad ya pues!
Pensé
que había sido yo mismo el que me había hablado. Pero resultó ser un señor
mayor que estaba esperando el teléfono detrás de mí visiblemente incomodo por
mi indecisión y por ganas de usar el
teléfono también.
Voltee
y me causo gracia lo del señor. Marque el número en el marcador circular. Se
escuchaba el tono de llamada pero nadie atendía, insistí dos veces más y nadie
contesto.
Me
retire entre aliviado y frustrado por no haber podido hablar con ella.
Deje
de insistir en lo de la llamada.
Pasó
el día y después del almuerzo y de tener charlas informales con personas que me
conseguían en el camino empezó a caer la noche.
Regresando
por otra ruta me encontré con un sitio que se asemejaba a un restaurant. Con
sillas y mesas elegantes al frente y cierto toque de finura en sus puertas.
Decidí entrar. El restaurant tenía el estilo de los viejos pub ingleses:
alfombras rojas, maderas oscuras y
vitrales en las ventanas y una barra de madera con grandes acabados. En ese pub
o bar además de cerveza también note que servían vino y a pesar de que no soy
amante de beber en demasía o de tener algún vicio en particular como todos mis
colegas escritores decidí pedir una botella de vino.
Note que había un teléfono y decidí por la hora llamar a mi editor que también estaba en la ciudad para que nos encontráramos aquí. Me paso por la mente llamar a casa de la bella que me quitaba el sueño, pero inconscientemente voltee y mire para atrás buscando el señor que me dijo que parecía un niño de 15 años…
Note que había un teléfono y decidí por la hora llamar a mi editor que también estaba en la ciudad para que nos encontráramos aquí. Me paso por la mente llamar a casa de la bella que me quitaba el sueño, pero inconscientemente voltee y mire para atrás buscando el señor que me dijo que parecía un niño de 15 años…
Reí
a mis adentro y decidí no llamarla, ya que no era bien visto que una señorita
fuese llamada tan tarde por alguien desconocido a los miembros de su casa.
Me
senté a disfrutar mi copa de vino
mientras llegaba mi editor pensando en la dama, el libro y mi editor…
Como
a los 20 minutos de estar sentado en mi
mesa, note una pareja joven que estaba sentada a mis espaldas en la otra mesa y
conversaban de forma muy discreta. Al principio no les preste mucha atención. Hasta
que escuche al joven decir:
Pero yo te amo. Lo sabes. Siempre te querido y estoy dispuesto a casarme mañana mismo contigo.
¡Voila!, como dicen los franceses, mi oportunidad. Saque mi pluma y libreta y empecé a escribir sin que ellos se dieran cuenta y aguzando mi oído para no perderme nada de esta historia que pudiese servir para mi libro.
Hubo
un silencio de parte de ella y luego dijo esto: ya esto lo habíamos hablado
otras veces, de verdad gracias por todo.
Tus
gestos, detalles pero yo no te quiero como tú me quieres a mí, lo siento…
Me
quede helado, solté mi pluma y deje de escribir pero seguí escuchando.
El
volvió a insistir: yo sé que si me das la oportunidad puedo hacer que me
llegues a amar.
Yo
me acerque porque me diste la oportunidad, si no hubiese visto nada jamás me
habría acercado.
¿Qué
paso? ¿Eres tú? ¿Tu familia?
Ella
solo atinó a decir: De verdad no siento ese amor como me gustaría sentirlo. Lo
siento.
Ella
se paró y se fue…
No
era el protagonista de esa historia pero solo imaginarme como se sentía el
joven me descorazonaba y en vez de sentir el sabor
agradable del vino más bien me parecía como si
estuviese tomando más agua que esta deliciosa bebida.
Me pare sin disimular, agarre la botella y mi copa y me senté en la mesa donde estaba el joven. Era un muchacho como de 25 a 30 años. Tenía su cabeza encajada en sus manos con los codos afianzados en la mesa. Tal vez ni siquiera se había dado cuenta de que un extraño se había sentado en donde la joven que lo acompañaba estaba sentada hacía pocos minutos.
Fue
mi solidaridad de hombre lo que me movió a tratar de darle unas palabras de
aliento al joven ya que a mí me habían roto el corazón varias veces en mi vida y sabía lo duro que era eso.
Me presente de forma muy formal sin obtener respuesta. Luego le mencione que sin querer había escuchado la conversación con su joven pareja. Ahí levantó el rostro y se preparó para irse recogió un ramo de rosas y una pequeña carpeta.
Le dije: antes de que te vayas permíteme contarte algo que me pasó que pudiese ayudarte.
¿Me
permites?
El
joven dudo. Pero se volvió a sentar.
Le
conté que cuando era un niño de 12 años. En el internado mixto en donde estaba,
solo podíamos reunirnos con las niñas en el receso y a la hora de comer. Pues
había una niña de la cual siempre estuve enamorado. Pero yo nunca le decía
nada, ya que yo era gordo, con los dientes desviados y usaba zapatos
correctivos y por eso era objeto de las más crueles burlas de mis compañeros y
las niñas del colegio.
En
una ocasión en el receso me encontré una pequeña pulsera dorada, pasaron los días
y nadie preguntaba o informaba sobre el extravío de esa pulsera.
A
los días me arme de valor y me acerque a la niña de mis sueños y le pregunte si
quería ser mi novia y le entregue la pulsera. Ella quedo en silencio y sus
amiguitas también. Al instante comenzaron a burlarse de ella y a burlarse de mi
con frases crueles, como la de todo niño del colegio: te vas a casar con un
gordo, cuidado te aplasta, tus hijos van salir con los dientes desviados…
Ella
se puso roja y me tiro la pulsera y me dijo: no me casaría jamás en el mundo
con un gordo mantecoso como tú. Me retire rápidamente y dure como tres semanas
sin asistir al receso por la vergüenza de la situación. Eso no me traumo,
éramos niños y a veces somos crueles entre nosotros mismos.
Pero le saque una lección a esto.
Pero le saque una lección a esto.
¿Sabes
porque la niña no quiso ser mi novia?
No
fue por lo físico. Fue en primer lugar por la presión de grupo, las burlas y
criticas de sus compañeros de clase. Pero esto no hubiese afectado su decisión
si tanto ella como yo nos hubiésemos dado cuenta de del valor de la pulsera. Te
cuento, esa pulsera se quedó por años en mi poder y una vez la lleve a una
joyería pensando que era una baratija y resulto ser que era oro de 18 quilates
y pesaba 8 gramos.
Si ella se hubiese percatado del valor de lo
que se le estaba dando. No lo hubiese rechazado y si yo me hubiese percatado de
lo valioso que estaba dando no lo hubiese dado tan fácilmente.
No es que ella fuese mala, éramos unos niños.
Así sucede en el mundo de los adultos.
A veces la presión de amigos o familiares hacen que la otra pareja termine la relación.
O a veces pasa que le damos lo más valioso que tenemos a alguien que creemos que va apreciar o valorar. Pero no se dan cuenta de lo que vale y lo rechazan. Como si de una servilleta se tratara. No es que sean malas personas. Es que no se dan cuenta del valor de lo que se le está ofreciendo.
Pero también ahí entra el que ofrece. Si tú sabes que tus sentimientos valen como esa pulsera de oro, no se la des a todo el mundo, ya que todo el mundo no la merece, valorala. No tienes por qué obligar a alguien a aceptar un tesoro…
No es que sean malas personas, es que simplemente no se dan cuenta del valor de lo se le está ofreciendo.
El joven me miro agarro sus flores y su carpeta se levantó y se retiró sin despedirse. Suspire, y me quede pensando en esta penosa situación. A los cinco minutos alguien toco mi hombro y para sorpresa mía era el joven y me dijo:
Gracias por sus palabras, me dieron mucho en que pensar.
Feliz noche caballero agrego y se retiró.
No supe las razones por las cuales la joven no aceptó la proposición de su enamorado. sencillamente pudiese ser como ella mismo dijo:
No te puedo querer como tu me quieres a mi...
Frase interesante, pensé...
Al
rato llego mi editor preguntando en forma de broma si ya había terminado el
libro. Lo mire fijamente y le dije si, lo termine ya hasta estoy empezando
otro. Nos reímos los dos.
Cuando
nos estábamos retirando note una hoja blanca en el suelo debajo de la
mesa, la recogí y tenía una nota atrás
que decía:
Prefiero
que exista solo el original. Y mejor en tus manos que en las mías, ya que no
quiero que este guardado entre libros y papeles empolvados por el tiempo.
Prefiero guardarlo en mi mente y corazón como el primer y último retrato que he
realizado de alguien especial.
Mejor
tu que yo…
La
amo…
Voltee
la hoja y era un retrato hecho al carbón de la joven que estuvo sentada hace
rato en la mesa con el joven enamorado…
Me
sentí mal por el joven.
Pero
en el fondo sabía que por más dolor que estuviese sintiendo se recuperaría.
Siempre lo hacemos…
El
retrato al carbón me hizo recordar de nuevo a la bella que estaba queriendo en
ausencia…
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