Romance
en el tren.
Capitulo
XVI
De
paseo.
… La
noche paso volando, realmente ni me di cuenta cuando me dormí, solo recuerdo
que me acosté con la carta en mi pecho y cerré los ojos pensando en mi amado. Y
ahora los acabo de abrir y estoy en la misma posición con la que me acosté
ayer. A pesar de que entraba la luz del día por mi ventana aun no me percataba
que la noche y mi sueño pasaron de manera fugaz. Decidí levantarme, e hice lo
primero que toda mujer hace al ponerse de pie después de un sueño reparador que
es verse en el espejo.
Me
vi y mi note que cabello había adoptado una forma deforme por la posición en la
que dormí. Parecía que tuviese por la forma del cabello una protuberancia hacia
un lado que me hacía ver comiquísima. La piel de mi rostro estaba muy brillante
y, además aun mis ojos no se acostumbraban a la luz diurna y los tenía
empequeñecidos.
Exclame:
¡Qué
horrible me veo!
Realmente
me sentía fea.
Me
dirigí al baño y comencé peinar mi cabello y lavarme la cara y asearme a nivel
general.
Regrese
a mi peinadora y me puse a revisar todas las imperfecciones de mi rostro. Sonara vanidoso de mi parte pero nosotras le damos mucha importancia a la apariencia de nuestro rostro y a pesar
que nos digan que estamos hermosas siempre creemos que no lo estamos.
Palmo
a palmo comencé a pasar mi mano por mi cara y cuello. Comencé a tocar cada uno
de mis lunares superficiales. Como si me los contara para saber si me faltaba
alguno. Eso era algo que hacia todas las mañanas. Era una costumbre que había
adquirido. Me sentía tonta haciéndolo pero a su vez me reía conmigo misma por
hacerlo siempre.
Pero
hoy era diferente.
Hoy
mis lunares me estaban haciendo recordar
el tren, el cubículo, los olores, su olor, sus manos, sus ojos, sus
palabras y su poema.
Me
reproche en voz alta:
¡Ya
vas a empezar tan temprano!
¡Deberíamos
bajar a hacer el desayuno o por lo menos ayudar a hacerlo!
Me
reía a mis adentro por esta conversación interna.
Me
termine de arreglar y baje a la cocina.
La misma ya estaba impregnada del olor al café
recién colado como decíamos aquí en mi pueblo.
Mi
mama al verme me pregunto cómo había pasado la noche. La abrace y le pregunte
lo mismo. Luego me ofreció una taza de café y me recordó que mi gran amiga de
la infancia vendría para pasear un rato por los alrededores del pueblo.
También
me recordó que el día siguiente tendríamos una reunión con la familia del amigo
el cual me había encontrado en la plaza.
Le
di las gracias por estar pendiente y recordarme.
En
ese momento bajo mi padre y mi hermano a desayunar. Ya mi madre tenía
adelantada parte de la comida. Así que fui sirviendo y luego nos sentamos a
comer en familia.
En
mi pueblo era costumbre desayunar una especie de torta plana hecha de maíz.
Este
grano o semilla se podía preparar de diversas maneras. Una de ellas era que
luego de desgranarlo, se golpeaba con un objeto duro como un mazo de madera, el
grano soltaba una concha que se desechaba. Después el grano se lavaba y se
coloca a hervir con suficiente agua hasta que se ablandaba. El siguiente paso
era triturarlo o molerlo. Se dejaba enfriar y después uno comenzaba a amasarlo
y darle una forma redondeada. Se colocaba en una plancha de metal previamente
calentada y se asaba a fuego lento. Esta
torta después de estar lista se abría y se le podía rellenar con cualquier cosa
como mantequilla, queso, carne preparada, etc.
¡Claro!
Existían otras formas de preparar esta delicia.
Mi
relleno preferido era queso con mantequilla.
Para
ahorrar este proceso en el pueblo existían negocios que se encargaban de
procesar el producto y solo uno lo compraba listo para amasarlo y colocarlo en
la plancha ahorrándose así todo el proceso ya mencionado.
Esto
era una delicia de la zona…
Luego
de desayunar me senté un rato a solas para conversar con mi padre.
Él
siempre ha sido muy reservado y no muy
explícito en las muestra de cariño. Tal vez porque mis abuelos no eran muy
cariñosos tampoco. No es que fuesen malos. Es que la vida en su época fue muy
dura. Y no era fácil sobrevivir.
Hablamos
de todo un poco. Y como siempre me expreso su negativa de que yo viviera en la gran ciudad. Me
recordaba los peligros, las malas personas, etc.
Realmente
me expresaba su preocupación como padre. Y a pesar de que uno muestra cierta
rebeldía y hasta incomprensión por su postura. En el fondo uno se alegraba de
la preocupación mostrada.
Luego
después de sus consejos me tocó el tema del escritor que me había enviado la
carta.
Pensé:
¡Seguro
que mi mama le pidió que hablara conmigo!
Mi
papa pregunto si estaba al tanto sobre lo que decían de él. Y me dijo que
tuviese cuidado. Que si la gente habla tanto de alguien pudiese haber algo de
verdad en esos cometarios.
Yo
no le discutí nada. Solo atine a decirle que entre nosotros solo había una
amistad, mas nada.
Él
se quedó observándome un rato, y solo procedió a decir: Tenga cuidado que tu
boca dice algo pero tus ojos y el color de tu rostro dicen otra cosa…
Yo
estaba sonrojada, y con mi piel blanca era muy difícil disimular mis emociones cuando
me tocaban este tema.
En
ese momento tocaron la puerta principal de la casa.
¡Era
mi amiga que había llegado sin saberlo en el momento justo!
Mi
amiga de la infancia era como de mi edad pero a pesar que compartíamos muchas
ideas y formas de pensar similares; físicamente éramos muy distintas.
Ella
era una morena muy hermosa como de mi misma edad, un poco más baja de estatura
que yo, de larga cabellera que a veces se lo peinaba hasta el punto de
alisarlo completamente y otras veces se lo dejaba encrespado.
Por supuesto que por la rivalidad femenina que existen entre nosotras las mujeres jamas le diria que era bella o hermosa. siempre le decía que estaba bien arreglada y por eso peleábamos sanamente.
Por supuesto que por la rivalidad femenina que existen entre nosotras las mujeres jamas le diria que era bella o hermosa. siempre le decía que estaba bien arreglada y por eso peleábamos sanamente.
Ella
solía bromear diciendo que el hombre que se casara con ella tendría dos
mujeres; una de cabellos lisos y otra de cabellos crespos…
Al
entrar nos saludamos con un abrazo y comenzamos a charlar. Mi papa la saludo y
se retiró a sus cosas. No sin antes echarme una mirada inquisidora como recordándome
que el tema que estábamos conversando aún no estaba concluido.
Mi
amiga sin darse cuenta de nada me bombardeaba con preguntas acerca de mi vida
en la gran ciudad, el trabajo, los estudios y los amigos.
Me
pidió disculpa por no haberme recibido cuando llegue y el no poder acompañarnos
al parque. Ya que el negocio de familia tenía que atenderlo esos días de mi
llegada.
Pero que hoy estaba aquí para nuestro paseo de siempre
como lo hacíamos antes de que me fuera a
la gran ciudad. Agrego que su primita del pueblo vecino quería acompañarnos
al paseo.
Yo
le explique que no se preocupara, que la entendía perfectamente y le agradecí
que hubiese llegado en el momento justo y que me alegraba que invitar a su
prima a acompañarnos.
Su
primita que tenía 19 años era muy alta y se había convertido en una bella mujer
y en una excelente repostera. Mi amiga me indico que ella era muy reservada
pero que no le diera mucha confianza porque abusaría…
Reímos
las dos por la broma con respecto a su primita. Y quedamos en salir a buscarla.
Después
de charlar un rato. Fuimos a alistar mi bicicleta. Mi papa la había mantenido
conservada y en buen funcionamiento.
La
bicicleta era de color crema, con una pequeña cesta de mimbre en el manubrio y
una pequeña plataforma atrás del asiento como para llevar pequeñas cosas. El manubrio
era alto y brillante y en uno de sus puños tenía una especie de sonaja que
tintineaba y que se activaba con una pequeña palanca que se podía accionar con
el pulgar.
Arreglamos
lo que nos íbamos a llevar para merendar y algo de agua para el camino.
Me
puse mi sombrero de ala ancha y mis lentes oscuros.
Antes
de salir, subí a mi cuarto y agarre la carta con la intención de mostrársela a
mi amiga.
De
verdad tenía el ansia incontrolable de presumirle y contarle lo que me había
pasado en el tren. Además necesitaba contarle a alguien que sabía que no me juzgaría y que me ayudaría a ver las cosas de óptica correcta.
¿Y quién
mejor que mi mejor amiga de la infancia?
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