martes, 15 de enero de 2019

Romance en el tren. Capítulo VIII El Parque.


En el tren…

Capitulo VIII

El Parque.

Por fin amaneció. A pesar que no pude dormir bien no me siento cansada.
Después de desayunar y acicalarme. Recuerdo que quede en ir con mis  amigas de la infancia al viejo parque que está como a menos de un kilómetro de mi hogar.
Este parque se extiende por muchos miles de metros y está salpicado por diversos tipos de árboles entre ellos algunos de flores amarillas que le dan una belleza peculiar al sitio. Además cada cierto tramo hay esculturas conmemorativas de guerras pasadas, hay un mini teatro que nunca funciona, una fuente imponente con una piscina al frente y muchas esculturas tipo relieve. En época de verano se generan unas ventiscas suaves que si uno no está atento pueden hacerte desaparecer el sombrero en cuestión de segundos.
Hay pequeñas casonas en donde uno puede sentarse en grupo y resguardarse de alguna lluvia pasajera. Pero la mayoría al igual que yo prefiere merendar en la hierba fresca que ya por el verano avanzado esta coloreándose en un verde amarillento y exhalan cierto olor peculiar a marchitez.
Recuerdo las veces anteriores donde venían con amigas que ya no están…
Algunas se casaron y se aventuraron a hacer su vida en otro país país, otras se fueron del pueblo y perdimos el contacto. Por momentos las recuerdo y las extraño.
Mis amigas restantes al igual que yo recuerdan a momentos las locuras y las charlas que teníamos con ellas alrededor de una comida ligera…
Después de un rato de estar hablando de cualquier cosa. Inconscientemente metí mi mano en el bolso que cargaba y saque parte del chocolate que me habían obsequiado en el tren.
¡Craso error!
Primero, porque jamás debes sacar un chocolate delante de un grupo de mujeres porque empiezan a pedirte un poco. Y cuando te das cuenta no te queda casi nada del mismo.
Segundo: Empieza  el interrogatorio de donde salió ese chocolate y si uno se niega a compartirlo, más preguntas surgen e insinuaciones sobre de donde salió el bendito chocolate.
Y en efecto eso fue lo que paso.
Dame un poco, comparte, ¿te lo vas a comer tu sola? ¡No seas mal amiga!
Pero esas técnicas de convencimiento no funcionan en mí. Solo agarre un cuadrito y lo dividí entre todas arriesgo de quedar como egoísta.
Me reprocharon, me insinuaron, se rieron de él porque era tan celosa con mi chocolate.
Hasta que una soltó lo que me esperaba:
¿Quién te lo regalo? Humm lo cuidas mucho.
¿Es guapo? ¿Es del pueblo?  ¿Es quién nos imaginamos?
Yo me reí a carcajadas, y le respondí:
¿Por qué creen que me lo regalaron? ¿No pude comprármelo yo?
Reímos todas juntas, con esa picardía de amigas.
Y una de ellas dijo: no te lo compraste porque el color de tus ojos cambio cuando comenzamos a hablar del dulce.
Y otra dijo: pero no has respondido a ninguna de las preguntas…
Entonces respondí con la firmeza femenina de alguien que aparenta no querer contestar la pregunta pero realmente si lo quiere hacer:
Pues si me lo regalaron, si, es guapo, no es del pueblo  y no es quien ustedes se imaginan.
Todas quedaron en un silencio momentáneo y se veían muy sorprendidas por la forma como les conteste.
Luego soltaron de nuevo las carcajadas.
Y comenzó de nuevo el interrogatorio:
¿Quién era? ¿Cómo se llama? ¿Dónde vive? ¿De que trabaja?
Imagínense todas las preguntas que hice surgir ahí.
Les mencione que era un amigo que tal vez no vería en algún tiempo y me dio este detalle.
No quedaron muy conformes con la respuesta, pero notaron que me estaba sintiendo incomoda con sus preguntas.
Así que una de ellas dijo: Bueno, no los tienes que presentar algún día, y para cerrar el tema índico que teníamos rato sentadas ahí y deberíamos caminar un rato a ver las flores amarillas caer de los árboles.
Todas asintieron y se pararon a caminar mientras que yo me quede un rato más en ese lugar con la excusa de que se me había dormido una pierna.
Realmente me quede porque el recuerdo del tren me invadió.
Por momentos me vi sentada frente a él en el cubículo y luego me vi  abrasada a aquel hombre en el vagón mirador. Una brisa momentánea me recordó el tren en movimiento y no sé si fue mi imaginación pero juraría que en la lejanía escuchaba un silbato como si ese tren viniera acercándose hacia aquí y me viniera a buscar para llevarme con él.
Recode sus ojos color ámbar y su olor…
Lo extraño… no sé por qué, pero lo extraño…
En ese momento un grito de mis amigas llamando me despertó de ese sueño y me levante reprochándome:
De verdad lamento haber sacado el chocolate…




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