viernes, 1 de febrero de 2019

Romance en el tren Capitulo XVII Inesperado

Romance en el tren
Capitulo XVII
Inesperado
… Luego de la pequeña aventura que tuvimos en el tren con los delincuentes. Mi editor y yo la pasamos el resto del viaje en el vagón comedor en donde un pequeño pero nutrido grupo de personas nos acompañaron. Todavía seguían felicitándonos y hasta algunos decidieron asumir el gasto de lo que bebiéramos o comiéramos. Incluyendo a los otros que estaban acompañándonos en las mesas.
Mi editor dijo en voz baja:
Lástima que ya hemos comido, pero unas copas de vino gratis no estarán demás.
Lo mire de manera cómplice y pedimos varias botellas adicionales.
Algunos de nuestros admiradores recién adquiridos preguntaban una y otra vez detalles del combate que habíamos tenido recién con los maleantes.
Y a medida que el efecto de las copas aumentaba más parecía a nuestros oyentes que lo que acabábamos de hacer era algo digno de héroes con poderes más allá de lo normal.
Yo me reía a mis adentros cuando mi editor contaba de forma grandilocuente la pelea en el vagón. Y parecía que cada vez que la repetía parecía que más sorprendente era lo que habíamos hecho.
No soy amante de las aglomeraciones y menos de personas que se te abalanzan y te hablan encima sintiéndole el olor a licor y sudor.
Decidí pararme discretamente mientras mi editor se había subido a la mesa y volvía a contar la pelea en donde el solo había derrotado a los dos tipos y yo me había quedado parado en la puerta…
Pensé: ¡Este amigo mío! Y me retire riendo a mis adentros mientras meneaba la cabeza.
Me dirigí a mi cubículo, pero decidí no entrar. Pase de largo y enfile mis pasos al vagón mirador.
Los pasillos estaban desiertos. Me imaginaba que la mayoría estaría en el comedor escuchando como mi editor había salvado al país, al Rey, al primer ministro, al tren y de seguro como me había salvado a mí. El resto de los pasajeros de seguro estarían durmiendo en sus cubículos.
Pase el vagón de los recuerdos, el vagón de las pinturas y retratos. Me pare  en el mismo lugar en donde m bella dama blanca de ojos esmeralda estaba contemplando su retrato. Gire mis rostro con la esperanza que su imagen estuviese en la pared colgada; pero ya había sido retirada y sustituida por otra a la que no le di ninguna importancia.
Seguí caminando y llegue al mirador. Estaba desierto y frio. Sus ventanales corredizos estaban cerrados. Las mesas con sus sillas se reflejaban contra el cristal por las luces del vagón. Las apague para poder ver mejor el horizonte y el cielo estrellado.
A medida que pasa el tiempo uno tiende a descuidar las cosas bellas de la vida y una de ellas es la de mirar el firmamento.
Desde joven siempre me gustaron los fenómenos celestes, los atardeceres, los paisajes que se pierden el horizonte.
Recuerdo la primera vez que vi una mal llamada “Estrella Fugaz” Que no es más que un pequeño meteorito que surca el cielo y debido a la fricción se enciende y se va desgastando por el calor.
Aun recuerdo lo inocente que éramos pidiéndoles deseos.
En fin.
Por el trabajo, los problemas, por diversas razones que no sabría decir deje de disfrutar de esas cosas.
Hoy, tenía las ganas o mejor dicho la necesidad de volver a disfrutar de esas cosas tan simples. Creo que el recuerdo latente de mi bella dama era como un combustible para querer ver cosas hermosas.
En este mirador me la imaginaba a mi lado con su tierna sonrisa. Y como una de las comisuras de su boca se empequeñecía más que el otro lado al reír.
Recordaba como bajaba su rostro de manera tierna hacia su derecha cuando se sentía apenada o sensible por algo que se le estuviese diciendo.
Era tan grande su recuerdo que habría podido jurar que estaba aquí. Pero no, sabía que no estaba.
Pase un largo rato mirando las estrellas y los cúmulos. Identifique de forma rápida el cinturón  de Orión el cazador, Aldebarán y las pléyades que parece un cofre abierto con diversas gemas de colores.
Mientras más las veía y detallaba mas deseaba tener a mi lado a la mujer de mis sueños.
Al rato sentí como poco a poco el tren se iba deteniendo. Vi mi reloj y eran las 11:44 Pm. Estábamos llegando como siempre de manera puntual a la estación.
Le eché un último vistazo al firmamento. Sonreí de satisfacción y pensé: ¡Estoy más cerca!
Me dirigí de manera rápida a mi cubículo y ya mi “Héroe” el editor estaba tirado en las sillas roncando. Me pregunte como habría hecho para llegar.
Lo sacudí un  poco y se paró de un sobresalto exclamando: ¿Qué paso? ¿Todo está bien?
Le dije de manera burlesca: ¡Mi valiente amigo ya llegamos al pueblo!
Mi editor se estrujo sus ojos adormilados y aun en estado de somnolencia agarro sus maletas y nos encaminamos a la salida del vagón.
El andén estaba solitario y la noche fría y oscura acentuaba lo desolado del lugar.
Le pregunte a mi editor: ¿Arreglaste lo del hotel? El adormilado me dijo que sí. Y luego saco las reservaciones. Nos dirigimos hacia la salida y preguntamos a uno de los guardias sobre la manera de trasladarnos. Nos indico que esperáramos en una de los salones que nos solicitaría un taxi o una carreta.
Mientras esperábamos. Se nos acerco un hombre muy bien vestido y de modales muy refinados. Nos pregunto nuestros nombres y después nos pidió amablemente que lo siguiéramos. Mi editor y o nos vimos la cara y el comento extrañado: que atención tan lujosa.
Seguimos al hombre que parecía mayordomo de castillo ingles y llegamos a una limusina.
Le reproche a mi editor:
¡Nuestro jefe nos va a matar! ¿Cómo se te ocurre reservar una limusina? ¿Estás loco’? Mi editor también con cara de asombro me dijo que no había solicitado ninguna limusina. El chofer o mayordomo nos hizo señas para que subiéramos al vehículo.
Cuál fue nuestra sorpresa que al subir vimos en el asiento del vehículo a la pareja que habíamos defendido de los delincuentes.
El hombre de forma muy afectuosa nos pidió disculpas por no habernos avisado y se excuso diciendo que de seguro al ser invitados hubiésemos declinado su oferta.
Luego su esposa nos pidió encarecidamente que aceptáramos pasar los días que quisiéramos en su casa de campo a las afueras del pueblo. Que sería mucho mejor que el hotel del pueblo.
Que aceptáramos en muestras de agradecimiento.
Mi editor y yo no tuvimos más remedio que aceptar la invitación.
La limusina era muy cómoda, ni siquiera sentimos cuando arranco o cuando pasábamos un desnivel. El señor nos pregunto a que nos dedicábamos:
Mi editor en forma de broma respondió. ¡A golpear delincuentes y facinerosos en los vagones del tren! y el, señalándome a mí, es mi ayudante.
Reímos a carcajadas. Tome la palabra:
Le dije que era escritor y mi jocoso amigo era mi editor. La esposa nos miro sorprendida y dijo: No me imaginaba que un escritor y mucho menos un editor fueran tan diestros en derribar a unos delincuentes más grandes que ellos. Más bien ella llego a pensar que éramos del servicio secreto o policías de civil. Ella pregunto: ¿Qué género escribe? Le indique que historias de la vida de la gente, novelas románticas, y una que otras veces poesía.
Ella comento: de verdad no parecen escritores ni poetas: Yo le conteste en forma de broma: Es que somos de la poesía secreta (Recordando a dos excelentes poetas a los que les sucedió lo mismo). Todos reímos de nuevo.
El señor nos ofreció una copa y la aceptamos. Mientras  conversábamos no nos habíamos dado cuenta que ya estábamos a las afueras del pueblo y subíamos de manera serpenteante unas colinas en donde de vez en cuando nos topábamos con las luces de grandes casas de gente muy adinerada.
Por fin luego de varios minutos llegamos a unas rejas imponentes que se abrieron de forma automática.
La limusina entro de manera lenta. Mi editor y yo nos vimos como diciéndonos: El libro está tomado un viraje inesperado…

No hay comentarios:

Publicar un comentario