Romance
en el tren
Capitulo
XVII
Inesperado
…
Luego de la pequeña aventura que tuvimos en el tren con los delincuentes. Mi
editor y yo la pasamos el resto del viaje en el vagón comedor en donde un
pequeño pero nutrido grupo de personas nos acompañaron. Todavía seguían
felicitándonos y hasta algunos decidieron asumir el gasto de lo que bebiéramos
o comiéramos. Incluyendo a los otros que estaban acompañándonos en las mesas.
Mi
editor dijo en voz baja:
Lástima
que ya hemos comido, pero unas copas de vino gratis no estarán demás.
Lo
mire de manera cómplice y pedimos varias botellas adicionales.
Algunos
de nuestros admiradores recién adquiridos preguntaban una y otra vez detalles
del combate que habíamos tenido recién con los maleantes.
Y
a medida que el efecto de las copas aumentaba más parecía a nuestros oyentes
que lo que acabábamos de hacer era algo digno de héroes con poderes más allá de
lo normal.
Yo
me reía a mis adentros cuando mi editor contaba de forma grandilocuente la
pelea en el vagón. Y parecía que cada vez que la repetía parecía que más
sorprendente era lo que habíamos hecho.
No
soy amante de las aglomeraciones y menos de personas que se te abalanzan y te
hablan encima sintiéndole el olor a licor y sudor.
Decidí
pararme discretamente mientras mi editor se había subido a la mesa y volvía a
contar la pelea en donde el solo había derrotado a los dos tipos y yo me había
quedado parado en la puerta…
Pensé:
¡Este amigo mío! Y me retire riendo a mis adentros mientras meneaba la cabeza.
Me
dirigí a mi cubículo, pero decidí no entrar. Pase de largo y enfile mis pasos
al vagón mirador.
Los
pasillos estaban desiertos. Me imaginaba que la mayoría estaría en el comedor
escuchando como mi editor había salvado al país, al Rey, al primer ministro, al
tren y de seguro como me había salvado a mí. El resto de los pasajeros de
seguro estarían durmiendo en sus cubículos.
Pase
el vagón de los recuerdos, el vagón de las pinturas y retratos. Me pare en el mismo lugar en donde m bella dama
blanca de ojos esmeralda estaba contemplando su retrato. Gire mis rostro con la
esperanza que su imagen estuviese en la pared colgada; pero ya había sido
retirada y sustituida por otra a la que no le di ninguna importancia.
Seguí
caminando y llegue al mirador. Estaba desierto y frio. Sus ventanales
corredizos estaban cerrados. Las mesas con sus sillas se reflejaban contra el
cristal por las luces del vagón. Las apague para poder ver mejor el horizonte y
el cielo estrellado.
A
medida que pasa el tiempo uno tiende a descuidar las cosas bellas de la vida y
una de ellas es la de mirar el firmamento.
Desde
joven siempre me gustaron los fenómenos celestes, los atardeceres, los paisajes
que se pierden el horizonte.
Recuerdo
la primera vez que vi una mal llamada “Estrella Fugaz” Que no es más que un
pequeño meteorito que surca el cielo y debido a la fricción se enciende y se va
desgastando por el calor.
Aun
recuerdo lo inocente que éramos pidiéndoles deseos.
En
fin.
Por
el trabajo, los problemas, por diversas razones que no sabría decir deje de
disfrutar de esas cosas.
Hoy,
tenía las ganas o mejor dicho la necesidad de volver a disfrutar de esas cosas
tan simples. Creo que el recuerdo latente de mi bella dama era como un
combustible para querer ver cosas hermosas.
En
este mirador me la imaginaba a mi lado con su tierna sonrisa. Y como una de las
comisuras de su boca se empequeñecía más que el otro lado al reír.
Recordaba
como bajaba su rostro de manera tierna hacia su derecha cuando se sentía
apenada o sensible por algo que se le estuviese diciendo.
Era
tan grande su recuerdo que habría podido jurar que estaba aquí. Pero no, sabía
que no estaba.
Pase
un largo rato mirando las estrellas y los cúmulos. Identifique de forma rápida
el cinturón de Orión el cazador,
Aldebarán y las pléyades que parece un cofre abierto con diversas gemas de
colores.
Mientras
más las veía y detallaba mas deseaba tener a mi lado a la mujer de mis sueños.
Al
rato sentí como poco a poco el tren se iba deteniendo. Vi mi reloj y eran las
11:44 Pm. Estábamos llegando como siempre de manera puntual a la estación.
Le
eché un último vistazo al firmamento. Sonreí de satisfacción y pensé: ¡Estoy
más cerca!
Me
dirigí de manera rápida a mi cubículo y ya mi “Héroe” el editor estaba tirado
en las sillas roncando. Me pregunte como habría hecho para llegar.
Lo
sacudí un poco y se paró de un
sobresalto exclamando: ¿Qué paso? ¿Todo está bien?
Le
dije de manera burlesca: ¡Mi valiente amigo ya llegamos al pueblo!
Mi
editor se estrujo sus ojos adormilados y aun en estado de somnolencia agarro
sus maletas y nos encaminamos a la salida del vagón.
El
andén estaba solitario y la noche fría y oscura acentuaba lo desolado del
lugar.
Le
pregunte a mi editor: ¿Arreglaste lo del hotel? El adormilado me dijo que sí. Y
luego saco las reservaciones. Nos dirigimos hacia la salida y preguntamos a uno
de los guardias sobre la manera de trasladarnos. Nos indico que esperáramos en
una de los salones que nos solicitaría un taxi o una carreta.
Mientras
esperábamos. Se nos acerco un hombre muy bien vestido y de modales muy
refinados. Nos pregunto nuestros nombres y después nos pidió amablemente que lo
siguiéramos. Mi editor y o nos vimos la cara y el comento extrañado: que
atención tan lujosa.
Seguimos
al hombre que parecía mayordomo de castillo ingles y llegamos a una limusina.
Le
reproche a mi editor:
¡Nuestro
jefe nos va a matar! ¿Cómo se te ocurre reservar una limusina? ¿Estás loco’? Mi
editor también con cara de asombro me dijo que no había solicitado ninguna
limusina. El chofer o mayordomo nos hizo señas para que subiéramos al vehículo.
Cuál
fue nuestra sorpresa que al subir vimos en el asiento del vehículo a la pareja
que habíamos defendido de los delincuentes.
El
hombre de forma muy afectuosa nos pidió disculpas por no habernos avisado y se
excuso diciendo que de seguro al ser invitados hubiésemos declinado su oferta.
Luego
su esposa nos pidió encarecidamente que aceptáramos pasar los días que
quisiéramos en su casa de campo a las afueras del pueblo. Que sería mucho mejor
que el hotel del pueblo.
Que
aceptáramos en muestras de agradecimiento.
Mi
editor y yo no tuvimos más remedio que aceptar la invitación.
La
limusina era muy cómoda, ni siquiera sentimos cuando arranco o cuando pasábamos
un desnivel. El señor nos pregunto a que nos dedicábamos:
Mi
editor en forma de broma respondió. ¡A golpear delincuentes y facinerosos en
los vagones del tren! y el, señalándome a mí, es mi ayudante.
Reímos
a carcajadas. Tome la palabra:
Le
dije que era escritor y mi jocoso amigo era mi editor. La esposa nos miro
sorprendida y dijo: No me imaginaba que un escritor y mucho menos un editor fueran
tan diestros en derribar a unos delincuentes más grandes que ellos. Más bien
ella llego a pensar que éramos del servicio secreto o policías de civil. Ella
pregunto: ¿Qué género escribe? Le indique que historias de la vida de la gente,
novelas románticas, y una que otras veces poesía.
Ella
comento: de verdad no parecen escritores ni poetas: Yo le conteste en forma de
broma: Es que somos de la poesía secreta (Recordando a dos excelentes poetas a
los que les sucedió lo mismo). Todos reímos de nuevo.
El
señor nos ofreció una copa y la aceptamos. Mientras conversábamos no nos habíamos dado cuenta que
ya estábamos a las afueras del pueblo y subíamos de manera serpenteante unas
colinas en donde de vez en cuando nos topábamos con las luces de grandes casas
de gente muy adinerada.
Por
fin luego de varios minutos llegamos a unas rejas imponentes que se abrieron de
forma automática.
La
limusina entro de manera lenta. Mi editor y yo nos vimos como diciéndonos: El
libro está tomado un viraje inesperado…
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