jueves, 14 de febrero de 2019

Romance en el tren. Capitulo XIX En la mansión.


Romance en el tren.
Capitulo XIX
En la mansión.
…Luego de la profunda impresión que nos causo las imponentes rejas, pasamos a la inquietante expectativa mientras la limusina surcaba de manera lenta casi como si flotara por un calle empedrada que tenia de ambos lados un vasto jardín que hasta donde permitía ver la obscuridad de la madrugada se podía divisar algunas esculturas y una que otra fuente.
Luego de unos minutos que parecían eternos llegamos a una redoma en donde sobresalía una escultura de un delfín grande con otros pequeños que escupían agua.
La limusina paro en la entrada y toco el claxon. En segundos las puertas se abrieron y salieron algunos miembros de la servidumbre. Como dos mayordomos y tres señoras que al parecer eran las amas de llaves.
El chofer se bajo y abrió la puerta de la limusina y nos invito a salir. Como no reaccionábamos por la impresión o por el sueño el señor y su esposa  nos conminaron a bajar. Y ella agrego de forma jocosa: ¡no tendrán miedo! ¿Verdad?
Mi editor respondió de forma rápida: ¡No! Jamás. Y soltó la risa.
Nos bajamos y la impresión fue mayúscula, al fin podíamos ver el tamaño de la casa y propiedad. Ahí comprendimos la dimensión total de todo ese castillo por llamarlo así. Era impresionante. Las luces ubicadas estratégicamente alumbraban todo el frente dándole cierto aire de majestuosidad a la mansión. Pude notar muchos ventanales y balcones. El frente estaba adornado por diversas flores de variados colores. Como hombres de ciudad estábamos acostumbrados a ciertos lujos pero debo reconocer que encontrarnos con este maravilloso lugar Napoleónico  en el pueblo me asombro. Mi editor y yo recuperamos rápidamente la compostura y tratamos de disimular la impresión. Pero ya era tarde. El amo y señor de la casa nos dijo en forma de broma: ¡Tranquilos yo también creo que es muy opulenta!
Y para tranquilizarnos agrego: Es suya por los días que quieran.
La servidumbre les dio a sus amos una cordial bienvenida.
Luego el matrimonio nos presento como sus invitados especiales y ordenaron que nos trataran como si fuésemos de su familia.
Sin darnos cuenta ya el mayordomo junto con su ayudante nos estaba quitando los abrigos y las maletas. Mientras que el chofer, al parecer mano derecha del amo nos invito a pasar y a seguirlo al cuarto de huéspedes. Mientras nos dejábamos llevar por la situación. El amo dijo en voz alta: llévenlos a los cuartos principales. Y después se dirigió a nosotros: Deben estar muy cansados. ¿Desean comer algo o desean dormir? Yo tome la palabra y le dije:
Ya es de madrugada apetito no tenemos ya que comimos suficiente en el tren, nos gustaría descansar.
El amo asintió con la cabeza y dijo:
¡Es verdad! Es hora de descansar. Dentro de unas horas nos vernos en el desayuno.
Se despidió junto con su esposa mientras entrabamos en la recepción principal. Lo primero que vimos fue una escalera imponente que me hizo recordar una gran biblioteca. Esta escalera tenía barandales de madera torneada con pequeñas figuras muy bien diseñadas. Los escalones estaban forrados por una alfombra continua  color carmesí.
En ciertos lugares había juegos de muebles de estilo victoriano. Las paredes estaban recubiertas por madera hasta la mitad y cada cierto tramo estaba colocada la pintura de algún personaje tal vez antepasado de la familia, también había algunas escenas de la vida del pueblo.
Pasamos otras antesalas y algunas puertas dobles que estaban cerradas. Una de ellas el mayordomo nos explico que era la entrada a la biblioteca. Otra era para los balcones y otra puerta conducía a la escalera del invernadero. También la mansión contaba con un telescopio en la terraza.
Me dije: ¡Mucha información!
Quise hacerle algunas preguntas al mayordomo pero decidí esperar ya que el sueño estaba ganando la batalla.
Por fin llegamos a nuestras habitaciones. La primera fue para mi editor. El mayordomo abrió las puertas dobles y metió las maletas y lo invito a pasar diciéndole que todo lo que estaba en la habitación podía usarlo a su disposición.
Yo quería entrar por curiosidad. Pero el mayordomo salió de forma rápida y cerró la puerta y me condujo a una habitación que estaba al lado e hizo lo mismo. Me hizo pasar y me indico que podía usar todo a mi disposición. Me deseo feliz noche y cerró las puertas. Yo me voltee y por primera vez detalle con sumo cuidado mi aposento.
El cuarto era quizás más grande que una casa, del mismo estilo que la mansión. Alfombras con diversos motivos, madera por todos lados con un recibidor con muebles tipo Luis XV.
Lo que más me llamo la atención fue la cama. Era de madera tallada con un techo del mismo material y adornada con telas de seda en cada pilar. Las sabanas eran muy blancas. A ambos lados tenía dos mesas con jarras de agua fresca.
En una de las esquinas estaba una pequeña licorera. Y una pequeña alacena en donde había pan y carne seca. En otra mesa había frutos secos.
Abrumado por tanto lujo y con ganas desde hacía un buen rato de desahogar mis aguas amoniacales me dirigí a una puerta que al parecer era el baño. Si el cuarto me impresiono, el baño lo hizo aun más. Era todo de mármol y lo que llamaba más la atención era la bañera de bronce. Había leído sobre su existencia pero jamás había visto una. La bañera relucía como si fuese de oro y como si la pulieran todos los días.
Después de desahogarme. Me fui a dormir. Me recosté y aun impresionado no había prestado atención al ventanal de la habitación, me anime asomarme un momento y me percate que no era un ventanal sino que era una puerta de cristal que llevaba a un balcón con un recibidor y barandas de piedra esculpida. Decidí abrir y por curiosidad me acerque al borde y pude ver hasta donde la oscuridad me permitía el bosque y las luces del pueblo a lo lejos. Levante mis ojos al cielo y la noche estaba estrellada solo con alguna que otra nube errante.
Pensé a mis adentros: ¡Ya estamos aquí! Dentro de unas horas veremos qué pasa.
Suspire hondo pensando en mi hermosa de ojos esmeralda. Y me fui a dormir.
… Toc, toc, toc.
Tocan la puerta. Abro los ojos y me encuentro viendo el techo de madera de mi cama señorial, noto la claridad y me pregunto: ¿Tan rápido aclaro?
Vuelven a tocar: Toc, toc, toc.
Digo: Adelante.
Era el mayordomo indicándome que era esperado en la mesa para desayunar.
Pregunto la hora.
El mayordomo contesta: Las nueve y media señor.
Indico que bajare en un momento. Me pare rápidamente me lave y al salir preguntándome como hacía para conseguir el comedor. Me encontré con el mayordomo esperándome en la puerta de mi habitación. Me indico: Por aquí mi señor.
Debo confesar que tanta amabilidad y atención me tenían incomodo. Tal vez era que no estaba acostumbrado a ese tipo de trato. Pero por respeto a la atención que se me estaba dando por agradecimiento soportaba este trato. Aunque si fuese por mi ya hubiese salido corriendo a alojarme en una posada sencilla del pueblo.
Bajamos la escalera principal y cruzamos por un pasillo, luego pasamos otra antesala y otra puerta doble. Pensé: tanto caminar que de seguro terminaremos llegando a un restaurante del pueblo.
Para mi alivio, después de la puerta doble estaba el comedor.
Era inmenso, como para 24 personas, del mismo estilo victoriano. En la mesa había diversos platos servidos: el principal un cerdo dorado. Y otros platos más pequeños entre comillas. Tenían otros tipos de carnes, había también aves. Había quesos, panes y muchas frutas. De bebida había vino, leche y agua.
Había algo que me llamo la atención y fue lo primero que decidí agarrar cuando se me diera la oportunidad. Era como una especia de torta aplanada color dorado con señales de haber sido asado. Como he viajado mucho conozco mucho de los platos típicos de cierta zona. Pero ese en particular me llamo la atención.
Ya mi editor estaba en la mesa, en la cara también se le notaba lo abrumado que estaba.
El amo y su señora nos dieron unos afectuosos buenos días. A su lado estaba un joven cono de casi treinta años. El señor de la casa nos presento y conto brevemente como lo habíamos ayudado en contra de unos delincuentes y lo agradecidos que estaba con nosotros. El joven se paro y nos estrecho la mano con mucho aprecio agradeciendo lo que habíamos hecho por su familia.
Luego de una oración de dirigida por el señor empezamos a comer. Lo primero que agarre fueron las tortas amarillas, eran crujientes con la parte interna blanda, no hallaba manera de identificarla. Hasta que me decidí preguntar que era. El señor le pidió a su ama de llaves que estaba presente que me explicar: ella me dijo que estaban hechas a base de maíz hervido, luego se tritura y se hace una masa que se le da forma redondead y se coloca en un plancha de metal se tuesta hasta cierto punto y luego se come con mantequilla, queso, leche o lo que quisiera agregarle. Pregunte como se llama. En ese momento el mayordomo se acerco a su amo y le murmuro algo al oído. El señor se paro y pidió disculpa por retirarse ya que tenía que atender una llamada de la empresa.
Cuando se retiro. La esposa me pregunto sobre el nombre de los libros que he escrito.
Yo le nombre: Cazador de atardeceres, Escuchando el rumor del silencio y dos más de los publicados. Ella se quedo pensando por un breve momento y exclamo: ¡Ya! Llamo a su ama de llaves y le indico que fuese a la biblioteca y que buscara en el lugar de lectura de ella ese libro. El ama de llaves se retiro a buscar el libro.
La señora se me quedo observando por unos segundos y dijo: con el fragor del viaje y de lo que nos paso no había caído en cuenta quien era usted.
Yo trague grueso pensando en lo que la prensa, los periodistas y chismosos de oficio dicen de mí.
Y las veces que fui juzgado sin razones justas. Y mire a mi editor como diciéndole: ¡A recoger las maletas!
Ella soltó una pequeña risa y dijo: ¡Me encantan sus novelas! La forma en que escribe y describe el amar a una mujer. Usted es muy sublime, su esposa debe estar encantada de tener  a un hombre así. Mi editor tosió y se llevo la mano a la boca. Yo lo mire de reojo como diciéndole: ¡Cállate!
Yo le dije a la señora que me sentía muy halagado por su opinión de mi sin mencionarle nada sobre si tenía pareja o no.
En ese momento regreso el ama de llaves y me sorprendió la rapidez con que encontró el libro. Sospeche que la señora lo estaba leyendo recientemente y lo tenía encima de su escritorio a la mano.
La señora al ver la reacción de mi editor pregunto: ¿Está casado verdad?
A esa pregunta directa no había forma de escapar.
Le respondí: No mi señora. No existe la señora escritora.
Ella sonrió de extremo a extremo. Y exclamo: ¡No puede ser! Pues has venido al lugar indicado. Yo se que a usted le deben llover las mujeres. Aquí tengo muchas amigas de muy buena familia que estoy segurísima que no dejaran que usted se le escape. Y volvió a sonreír. Su hijo le reprocho de manera respetuosa: Mama. Vas avergonzar a nuestro invitado.
Lo único que atine a responder fue con unas gracias y adornarla con una sonrisa.
¿Y usted? Pregunto dirigiéndose a mi editor mientras tenía una pata de pollo en la boca.
El respondió. Bueno, al igual que mi amigo aquí, también estoy soltero, pero no me cierro a ninguna oportunidad.
Ella asintió con la cabeza y dijo: pues mañana tenemos una reunión familiar y hemos invitado algunas familias con hijas y hermanas solteras. Mi hijo está interesado desde el colegio en una de ellas. Tal vez usted mi amigo escritor pudiese darles algunos consejos para conquistarla.
Antes que pudiese responder. Mi editor tomo la palabra y dijo. ¡Claro! Cuente con nosotros, así conoceremos mas a la personas de aquí, y por qué no, tal vez salgamos casados del pueblo.
Todos rieron mientras que yo lo hice de manera simulada, no sabría decir porque. Pero no me agradaba la idea. Después de hablar de diversas cosas de mis libros y de asuntos triviales. La señora y su hijo se excusaron por los preparativos de la reunión del día de mañana. Mientras nos indicaron que podíamos visitar cualquier lugar de la mansión.
Yo decidí dirigirme hacia los balcones principales. Mi editor me siguió, cuando estábamos solos en el balcón le reproche lo salido que era. Le recordé que yo estaba en el pueblo era por una mujer en particular. El me tranquilizo y me dijo: ¡No te inquietes! ¿Qué hay de malo estar en una fiesta y conocer mujeres? ¡Ni que nos fuésemos a casar con ellas! Bueno. Tienes razón, le conteste.
En ese momento dirigimos inconscientemente la mirada hasta cierto claro en donde se veían tres mujeres. No podíamos distinguir su rostro o facciones por la distancia solo podíamos saber que eran féminas. Las observamos unos minutos sin decirnos nada hasta que mi editor pregunto: ¿Quieres tomar algo? Yo le respondí: No. Gracias, estoy bien. Mi editor se retiro a buscar algo. En ese momento sentí como si me estuviesen observando fijamente, voltee y vi que una de las chicas al parecer se había quedado mirando hacia donde estaba yo mientras que las otras se retiraban. Duramos unos minutos viéndonos de lejos hasta que ella volteo y se fue detrás de las otras dos chicas que en ese momento se estaban lanzados en bicicleta al parecer por una colina. Note que la chica volvió a mirarme unos momentos hasta que se monto en su bicicleta y se fue.
Sentí una emoción similar a la que tuve con la me quitaba el sueño.
No sé si eran ideas mías pero no podía sacarme de la mente a mi bella de ojos esmeralda.
Y me dije: Mi mente está jugando conmigo.
Trate de buscar con la mirada a las chicas y solo pude ver a la que se había quedado observándome cuando se lanzaba desde lo alto de la colina en su bicicleta, luego la perdí de vista…

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