Romance
en el tren.
Capitulo
XIX
En
la mansión.
…Luego
de la profunda impresión que nos causo las imponentes rejas, pasamos a la
inquietante expectativa mientras la limusina surcaba de manera lenta casi como
si flotara por un calle empedrada que tenia de ambos lados un vasto jardín que
hasta donde permitía ver la obscuridad de la madrugada se podía divisar algunas
esculturas y una que otra fuente.
Luego
de unos minutos que parecían eternos llegamos a una redoma en donde sobresalía
una escultura de un delfín grande con otros pequeños que escupían agua.
La
limusina paro en la entrada y toco el claxon. En segundos las puertas se
abrieron y salieron algunos miembros de la servidumbre. Como dos mayordomos y
tres señoras que al parecer eran las amas de llaves.
El
chofer se bajo y abrió la puerta de la limusina y nos invito a salir. Como no
reaccionábamos por la impresión o por el sueño el señor y su esposa nos conminaron a bajar. Y ella agrego de
forma jocosa: ¡no tendrán miedo! ¿Verdad?
Mi
editor respondió de forma rápida: ¡No! Jamás. Y soltó la risa.
Nos
bajamos y la impresión fue mayúscula, al fin podíamos ver el tamaño de la casa
y propiedad. Ahí comprendimos la dimensión total de todo ese castillo por
llamarlo así. Era impresionante. Las luces ubicadas estratégicamente alumbraban
todo el frente dándole cierto aire de majestuosidad a la mansión. Pude notar
muchos ventanales y balcones. El frente estaba adornado por diversas flores de
variados colores. Como hombres de ciudad estábamos acostumbrados a ciertos lujos
pero debo reconocer que encontrarnos con este maravilloso lugar Napoleónico en el pueblo me asombro. Mi editor y yo recuperamos
rápidamente la compostura y tratamos de disimular la impresión. Pero ya era
tarde. El amo y señor de la casa nos dijo en forma de broma: ¡Tranquilos yo
también creo que es muy opulenta!
Y
para tranquilizarnos agrego: Es suya por los días que quieran.
La
servidumbre les dio a sus amos una cordial bienvenida.
Luego
el matrimonio nos presento como sus invitados especiales y ordenaron que nos
trataran como si fuésemos de su familia.
Sin
darnos cuenta ya el mayordomo junto con su ayudante nos estaba quitando los
abrigos y las maletas. Mientras que el chofer, al parecer mano derecha del amo
nos invito a pasar y a seguirlo al cuarto de huéspedes. Mientras nos dejábamos
llevar por la situación. El amo dijo en voz alta: llévenlos a los cuartos
principales. Y después se dirigió a nosotros: Deben estar muy cansados. ¿Desean
comer algo o desean dormir? Yo tome la palabra y le dije:
Ya
es de madrugada apetito no tenemos ya que comimos suficiente en el tren, nos
gustaría descansar.
El
amo asintió con la cabeza y dijo:
¡Es
verdad! Es hora de descansar. Dentro de unas horas nos vernos en el desayuno.
Se
despidió junto con su esposa mientras entrabamos en la recepción principal. Lo
primero que vimos fue una escalera imponente que me hizo recordar una gran
biblioteca. Esta escalera tenía barandales de madera torneada con pequeñas
figuras muy bien diseñadas. Los escalones estaban forrados por una alfombra
continua color carmesí.
En
ciertos lugares había juegos de muebles de estilo victoriano. Las paredes
estaban recubiertas por madera hasta la mitad y cada cierto tramo estaba
colocada la pintura de algún personaje tal vez antepasado de la familia, también
había algunas escenas de la vida del pueblo.
Pasamos
otras antesalas y algunas puertas dobles que estaban cerradas. Una de ellas el
mayordomo nos explico que era la entrada a la biblioteca. Otra era para los
balcones y otra puerta conducía a la escalera del invernadero. También la
mansión contaba con un telescopio en la terraza.
Me
dije: ¡Mucha información!
Quise
hacerle algunas preguntas al mayordomo pero decidí esperar ya que el sueño
estaba ganando la batalla.
Por
fin llegamos a nuestras habitaciones. La primera fue para mi editor. El
mayordomo abrió las puertas dobles y metió las maletas y lo invito a pasar
diciéndole que todo lo que estaba en la habitación podía usarlo a su
disposición.
Yo
quería entrar por curiosidad. Pero el mayordomo salió de forma rápida y cerró
la puerta y me condujo a una habitación que estaba al lado e hizo lo mismo. Me
hizo pasar y me indico que podía usar todo a mi disposición. Me deseo feliz
noche y cerró las puertas. Yo me voltee y por primera vez detalle con sumo
cuidado mi aposento.
El
cuarto era quizás más grande que una casa, del mismo estilo que la mansión.
Alfombras con diversos motivos, madera por todos lados con un recibidor con
muebles tipo Luis XV.
Lo
que más me llamo la atención fue la cama. Era de madera tallada con un techo
del mismo material y adornada con telas de seda en cada pilar. Las sabanas eran
muy blancas. A ambos lados tenía dos mesas con jarras de agua fresca.
En
una de las esquinas estaba una pequeña licorera. Y una pequeña alacena en donde
había pan y carne seca. En otra mesa había frutos secos.
Abrumado
por tanto lujo y con ganas desde hacía un buen rato de desahogar mis aguas
amoniacales me dirigí a una puerta que al parecer era el baño. Si el cuarto me
impresiono, el baño lo hizo aun más. Era todo de mármol y lo que llamaba más la
atención era la bañera de bronce. Había leído sobre su existencia pero jamás
había visto una. La bañera relucía como si fuese de oro y como si la pulieran
todos los días.
Después
de desahogarme. Me fui a dormir. Me recosté y aun impresionado no había
prestado atención al ventanal de la habitación, me anime asomarme un momento y
me percate que no era un ventanal sino que era una puerta de cristal que
llevaba a un balcón con un recibidor y barandas de piedra esculpida. Decidí
abrir y por curiosidad me acerque al borde y pude ver hasta donde la oscuridad
me permitía el bosque y las luces del pueblo a lo lejos. Levante mis ojos al
cielo y la noche estaba estrellada solo con alguna que otra nube errante.
Pensé
a mis adentros: ¡Ya estamos aquí! Dentro de unas horas veremos qué pasa.
Suspire
hondo pensando en mi hermosa de ojos esmeralda. Y me fui a dormir.
…
Toc, toc, toc.
Tocan
la puerta. Abro los ojos y me encuentro viendo el techo de madera de mi cama
señorial, noto la claridad y me pregunto: ¿Tan rápido aclaro?
Vuelven
a tocar: Toc, toc, toc.
Digo:
Adelante.
Era
el mayordomo indicándome que era esperado en la mesa para desayunar.
Pregunto
la hora.
El
mayordomo contesta: Las nueve y media señor.
Indico
que bajare en un momento. Me pare rápidamente me lave y al salir preguntándome
como hacía para conseguir el comedor. Me encontré con el mayordomo esperándome
en la puerta de mi habitación. Me indico: Por aquí mi señor.
Debo
confesar que tanta amabilidad y atención me tenían incomodo. Tal vez era que no
estaba acostumbrado a ese tipo de trato. Pero por respeto a la atención que se
me estaba dando por agradecimiento soportaba este trato. Aunque si fuese por mi
ya hubiese salido corriendo a alojarme en una posada sencilla del pueblo.
Bajamos
la escalera principal y cruzamos por un pasillo, luego pasamos otra antesala y
otra puerta doble. Pensé: tanto caminar que de seguro terminaremos llegando a
un restaurante del pueblo.
Para
mi alivio, después de la puerta doble estaba el comedor.
Era
inmenso, como para 24 personas, del mismo estilo victoriano. En la mesa había
diversos platos servidos: el principal un cerdo dorado. Y otros platos más
pequeños entre comillas. Tenían otros tipos de carnes, había también aves.
Había quesos, panes y muchas frutas. De bebida había vino, leche y agua.
Había
algo que me llamo la atención y fue lo primero que decidí agarrar cuando se me
diera la oportunidad. Era como una especia de torta aplanada color dorado con
señales de haber sido asado. Como he viajado mucho conozco mucho de los platos
típicos de cierta zona. Pero ese en particular me llamo la atención.
Ya
mi editor estaba en la mesa, en la cara también se le notaba lo abrumado que
estaba.
El
amo y su señora nos dieron unos afectuosos buenos días. A su lado estaba un
joven cono de casi treinta años. El señor de la casa nos presento y conto
brevemente como lo habíamos ayudado en contra de unos delincuentes y lo
agradecidos que estaba con nosotros. El joven se paro y nos estrecho la mano
con mucho aprecio agradeciendo lo que habíamos hecho por su familia.
Luego
de una oración de dirigida por el señor empezamos a comer. Lo primero que
agarre fueron las tortas amarillas, eran crujientes con la parte interna
blanda, no hallaba manera de identificarla. Hasta que me decidí preguntar que
era. El señor le pidió a su ama de llaves que estaba presente que me explicar:
ella me dijo que estaban hechas a base de maíz hervido, luego se tritura y se
hace una masa que se le da forma redondead y se coloca en un plancha de metal
se tuesta hasta cierto punto y luego se come con mantequilla, queso, leche o lo
que quisiera agregarle. Pregunte como se llama. En ese momento el mayordomo se
acerco a su amo y le murmuro algo al oído. El señor se paro y pidió disculpa
por retirarse ya que tenía que atender una llamada de la empresa.
Cuando
se retiro. La esposa me pregunto sobre el nombre de los libros que he escrito.
Yo
le nombre: Cazador de atardeceres, Escuchando el rumor del silencio y dos más
de los publicados. Ella se quedo pensando por un breve momento y exclamo: ¡Ya!
Llamo a su ama de llaves y le indico que fuese a la biblioteca y que buscara en
el lugar de lectura de ella ese libro. El ama de llaves se retiro a buscar el
libro.
La
señora se me quedo observando por unos segundos y dijo: con el fragor del viaje
y de lo que nos paso no había caído en cuenta quien era usted.
Yo
trague grueso pensando en lo que la prensa, los periodistas y chismosos de
oficio dicen de mí.
Y
las veces que fui juzgado sin razones justas. Y mire a mi editor como
diciéndole: ¡A recoger las maletas!
Ella
soltó una pequeña risa y dijo: ¡Me encantan sus novelas! La forma en que
escribe y describe el amar a una mujer. Usted es muy sublime, su esposa debe
estar encantada de tener a un hombre
así. Mi editor tosió y se llevo la mano a la boca. Yo lo mire de reojo como
diciéndole: ¡Cállate!
Yo
le dije a la señora que me sentía muy halagado por su opinión de mi sin
mencionarle nada sobre si tenía pareja o no.
En
ese momento regreso el ama de llaves y me sorprendió la rapidez con que
encontró el libro. Sospeche que la señora lo estaba leyendo recientemente y lo
tenía encima de su escritorio a la mano.
La
señora al ver la reacción de mi editor pregunto: ¿Está casado verdad?
A
esa pregunta directa no había forma de escapar.
Le
respondí: No mi señora. No existe la señora escritora.
Ella
sonrió de extremo a extremo. Y exclamo: ¡No puede ser! Pues has venido al lugar
indicado. Yo se que a usted le deben llover las mujeres. Aquí tengo muchas
amigas de muy buena familia que estoy segurísima que no dejaran que usted se le
escape. Y volvió a sonreír. Su hijo le reprocho de manera respetuosa: Mama. Vas
avergonzar a nuestro invitado.
Lo
único que atine a responder fue con unas gracias y adornarla con una sonrisa.
¿Y
usted? Pregunto dirigiéndose a mi editor mientras tenía una pata de pollo en la
boca.
El
respondió. Bueno, al igual que mi amigo aquí, también estoy soltero, pero no me
cierro a ninguna oportunidad.
Ella
asintió con la cabeza y dijo: pues mañana tenemos una reunión familiar y hemos
invitado algunas familias con hijas y hermanas solteras. Mi hijo está
interesado desde el colegio en una de ellas. Tal vez usted mi amigo escritor
pudiese darles algunos consejos para conquistarla.
Antes
que pudiese responder. Mi editor tomo la palabra y dijo. ¡Claro! Cuente con
nosotros, así conoceremos mas a la personas de aquí, y por qué no, tal vez
salgamos casados del pueblo.
Todos
rieron mientras que yo lo hice de manera simulada, no sabría decir porque. Pero
no me agradaba la idea. Después de hablar de diversas cosas de mis libros y de
asuntos triviales. La señora y su hijo se excusaron por los preparativos de la
reunión del día de mañana. Mientras nos indicaron que podíamos visitar
cualquier lugar de la mansión.
Yo
decidí dirigirme hacia los balcones principales. Mi editor me siguió, cuando estábamos
solos en el balcón le reproche lo salido que era. Le recordé que yo estaba en
el pueblo era por una mujer en particular. El me tranquilizo y me dijo: ¡No te
inquietes! ¿Qué hay de malo estar en una fiesta y conocer mujeres? ¡Ni que nos fuésemos
a casar con ellas! Bueno. Tienes razón, le conteste.
En
ese momento dirigimos inconscientemente la mirada hasta cierto claro en donde
se veían tres mujeres. No podíamos distinguir su rostro o facciones por la
distancia solo podíamos saber que eran féminas. Las observamos unos minutos sin
decirnos nada hasta que mi editor pregunto: ¿Quieres tomar algo? Yo le respondí:
No. Gracias, estoy bien. Mi editor se retiro a buscar algo. En ese momento sentí
como si me estuviesen observando fijamente, voltee y vi que una de las chicas
al parecer se había quedado mirando hacia donde estaba yo mientras que las
otras se retiraban. Duramos unos minutos viéndonos de lejos hasta que ella
volteo y se fue detrás de las otras dos chicas que en ese momento se estaban lanzados
en bicicleta al parecer por una colina. Note que la chica volvió a mirarme unos
momentos hasta que se monto en su bicicleta y se fue.
Sentí
una emoción similar a la que tuve con la me quitaba el sueño.
No
sé si eran ideas mías pero no podía sacarme de la mente a mi bella de ojos
esmeralda.
Y
me dije: Mi mente está jugando conmigo.
Trate
de buscar con la mirada a las chicas y solo pude ver a la que se había quedado observándome
cuando se lanzaba desde lo alto de la colina en su bicicleta, luego la perdí de
vista…
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